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Este fin de semana visité por primera vez Jerome, Arizona. Me invitaron a una despedida de soltera de una amiga y debo confesarles que no tenía ni idea de donde quedaba.

Ubicado al norte de Arizona, a unas 90 millas de Phoenix (cerca de Camp Verde), Jerome es un pueblo mágico. Se hacen casi dos horas de viaje, pero vale la pena.

El paisaje antes de llegar al lugar es sorprendente. Las curvas y la estrecha carretera me pusieron un poco nerviosa, pero valió la pena.

El pueblo tiene dos calles principales, la típica iglesia, estación de bomberos, dos bares, tiendas locales, un hotel “embrujado” y los restaurantes de BBQ y de hamburguesas que son los favoritos de los visitantes.

Hay muy poco estacionamiento y mucha vigilancia. Para llegar a la cabaña que habíamos rentado tuvimos que hacer malabares. Se encontraba arriba del cerro. Así que si tienen pensado ir alguna vez les recomiendo que lo hagan en una camioneta.

Al llegar arriba nos olvidamos de todo: la espectacular vista no tiene precio.

Jerome es un pueblo donde la temática es fantasmagórica. Las cabañas, restaurantes, tiendas e incluso el gran hotel tienen su historia paranormal.

El lugar donde nos quedamos lucía tenebroso de cierto modo. Las paredes están rodeadas de fotos en blanco y negro del pueblo, así como pinturas de niños y adultos.

La recámara principal tiene dos pinturas de niños. Al abrir el cajón del peinador encontramos un peine y espejo “antiguo”. Encima una cámara vieja. En la cómoda, una muñeca en dos partes (la cabeza separada del cuerpo) de porcelana vestida de blanco.

La sala también tenía lo suyo. En medio de ella un piano de cola (que no servía), más retratos y pinturas. Todo el mobiliario era antiguo.

La cocina era lo mejor. La estufa es de leña y los utensilios como sartenes, batidora, rayador de queso eran manuales (algunos ni siquiera tengo idea de cómo se usan). Los pisos de madera hacían un ruido que estremecía a cualquiera, sobre todo a media noche. De verdad que estar ahí era como regresar al pasado.

Bajamos al pueblo. Recorrimos cada rincón y lugar: El bar con música country en vivo nos llamó la atención. Las tiendas especializadas con una decoración muy al estilo viejo oeste. La vestimenta de los lugareños igual.

La mayoría de la gente que vi, al igual que nuestro grupo, era turista. Los lugareños fueron amables y se ponían a conversar con nosotros. Incluso algunos se atrevieron a hablarnos en español.

Debo confesar que esa noche casi no dormí. Aunque no creo en fantasmas, el lugar y ambiente hace le pone a uno “los nervios de punta”.

Si aún no lo han visitado se los recomiendo. Es una experiencia maravillosa, con una vista espectacular, lugareños agradables y buena comida.

Al final regresé con cientos de fotos, una gran aventura y muchas ganas de volver. La próxima vez me quedaré en el Jerome Grand Hotel, que anteriormente fuera un manicomio y donde dicen deambulan almas por las noches.

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