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OPINIÓN

El Mito de la Igualdad

Jorge Ramos
Jorge Ramos

Biografía del columnista

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La última moda en Estados Unidos es echarse encima un balde de agua

con hielo, retar públicamente a otra persona a hacerlo y luego enviar una

donación a la fundación que lucha contra ALS, la enfermedad de Lou

Gehrig. La campaña ha sido un sorprendente éxito mediático. Artistas y

celebridades han aceptado gustosos el reto (con foto o video incluido) y

la fundación ha recaudado millones de dólares.

Y así también, como un balde de agua fría - inesperado y brutal - nos

llegó otro caso más de racismo en Estados Unidos. Es injustificable que

un joven afroamericano de 18 años de edad y totalmente desarmado, Michael

Brown, haya recibido seis balazos de un policía blanco, Darren Wilson, el

pasado 9 de agosto. Nada, salvo prejuicios y una larga historia de

impunidad, puede explicar esa muerte y el abuso de autoridad.

Ferguson, Missouri, es vista en el mundo como el símbolo de lo peor de

Estados Unidos. Muchos estadounidenses no ven nada raro en que una

población donde el 67 por ciento de sus 21 mil habitantes es

afroamericano tenga solo tres policías de raza negra (de un total de 53).

Pero en el extranjero sí se dan cuenta.

El diario español El País ha tenido una extraordinaria cobertura de

las protestas por la muerte de Brown en Ferguson y, en sus reportajes y

editoriales ha destacado lo siguiente: el año pasado, 84 por ciento de

los autos detenidos fueron conducidos por afroamericanos; el 92 por

ciento de las personas arrestadas por la policía fueron de raza negra;

solo uno de los seis miembros del consejo de gobierno es afroamericano,

al igual que solo uno de los siete representantes del distrito escolar.

Ferguson es, por lo tanto, una población con mayoría afroamericana

pero dominada por blancos. Eso ocurre en muchas partes de Estados Unidos

a pesar de que para el año 2043, según la Oficina del Censo, los blancos

dejarán de ser una mayoría a nivel nacional.

Ya en este momento, el número de bebes nacidos de madres latinas,

afroamericanas, asiáticas y de otras minorías es casi idéntico al de

recién nacidos de madres blancas. Estados Unidos está viviendo una

revolución demográfica, que se nota primero en los hospitales y en las

escuelas, y que está cambiando todo.

Pero lo grave es que hay muchos estadounidenses que se resisten a

aceptar este inevitable cambio poblacional, y reaccionan con intolerancia

y violencia. Hace solo unos meses estábamos discutiendo las estúpidas

declaraciones racistas del dueño del equipo de básquetbol de los Clippers

de Los Angeles, Donald Sterling, que no quería invitar a afroamericanos

como espectadores a los juegos (a pesar de que la mayoría de sus

jugadores lo son).

La misma intransigencia se siente en el caso de Trayvon Martin.

Independientemente del veredicto judicial, la muerte del desarmado joven

afroamericano de 17 años de edad en la Florida en el 2012 - por parte de

un pistolero blanco - fue para muchos una verdadera injusticia y una

grave falla del sistema legal.

La Declaración de Independencia de Estados Unidos, escrita y adoptada

en 1776, tiene una frase genial: "todos los hombres fueron creados

iguales." Pero, desafortunadamente, los casos de Brown y de Martin nos

demuestran que eso sigue siendo una aspiración, más que una realidad.

En verdad, no esperaba estar escribiendo de racismo en Estados Unidos

a finales del 2014. La elección de Barack Obama como presidente en el

2008 nos hizo creer a muchos que Estados Unidos, por fin, había llegado a

una era post racial. Décadas de esclavitud, seguidas de décadas de

racismo y segregación, parecían haber quedado atrás con la elección del

primer presidente afroamericano en la historia.

Pero no hay nada post racial ni esperanzador en las muertes de Martin

y Brown. La sospecha es que si su color de piel hubiera sido otro, hoy

estarían vivos. Y le puede pasar a cualquier. El propio presidente Obama

dijo que Trayvon Martin pudo haber sido el hijo que nunca tuvo.

Afroamericanos, asiáticos y latinos sentimos, con razón, que en este

país se puede lograr cualquier cosa. Como inmigrante, Estados Unidos me

ha tratado con una generosidad asombrosa y extraordinaria. Pero no

podemos ocultar que hay muchos lugares en los que no somos bienvenidos.

Ferguson, Missouri es tan hostil para los afroamericanos como lo es el

Condado de Maricopa en Arizona - vigilado por Joe Arpaio - para los

inmigrantes latinos y Murrieta, California, para los niños

centroamericanos.

No me canso de repetirlo. Lo mejor de Estados Unidos son sus

oportunidades; pero lo peor es el racismo y la discriminación. Esta es,

sin duda, la tarea pendiente de la democracia más poderosa del planeta.

Sus mejores jóvenes están muriendo por los prejuicios más absurdos. La

igualdad, aquí, es un mito.