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Un centenar de miles vidas segadas para siempre, por una enfermedad que hace apenas unos meses nadie conocía. Y eso es apenas una tercera parte de la cantidad de muertes a nivel mundial

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El número de defunciones por coronavirus en Estados Unidos está llegando a los 100.000. Sin embargo, ¿qué significa ese hito numérico? ¿Cuál es el valor simbólico de una cifra?

Un centenar de miles, un millar de centenares, veinte multiplicado por 5.000... vidas segadas para siempre, por una enfermedad que hace apenas unos meses nadie conocía. Y eso es apenas una tercera parte de la cantidad de muertes a nivel mundial.

No obstante, ¿acaso significa algo ese uno seguido por cinco ceros? ¿Por qué los seres humanos, en tiempos de crisis, tratamos de aferrarnos a una cifra para captar la magnitud y la gravedad de una catástrofe?

“Todos tratamos de medir ese tipo de experiencias porque son tan asombrosas, tan abrumadoras, que queremos darle proporción a algo totalmente amorfo”, estima Jeffrey Jackson, profesor de historia en el Rhodes College de Tennessee que estudia el valor político de desastres naturales.

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Esto no es nuevo. A mediados del siglo XIX, en las culturas occidentales cobraba importancia la idea de medir los fenómenos sociales numéricamente, justo cuando estallaba la Guerra Civil estadounidense. Ante las colosales cifras de muertes en ese conflicto bélico, los estadounidenses empezaron a comprender que las cifras representaban más que una herramienta de conocimiento; conllevaban poder, dice la historiadora Drew Gilpin Faust.

“Su promesa de un conocimiento aparentemente objetivo ofrecía cierto control sobre una realidad que escapaba a los límites de lo imaginable”, escribió Faust en “This Republic of Suffering”, un libro donde presenta la teoría de que la Guerra Civil cambió la actitud de los estadounidenses hacia la muerte.

“Las cifras representaban una manera de darle orden y sentido a lo que Walt Whitman llamaba ‘las incontables tumbas’ de los ‘muertos infinitos’”, escribió.

Hoy en día, la sociedad estadounidense tiene referencias históricas más recientes para visualizar 100.000 personas ya sea muertas o con vidas.

Por ejemplo, el Beaver Stadium de Pensilvania, uno de los escenarios deportivos más grandes del país, tiene una capacidad máxima de 106.572 personas. La población de South Bend, Indiana, en 2018 era de 101.860. Unas 100.000 personas visitan la Estatua de la Libertad cada 10 días.

La cifra total de decesos en la Guerra Civil de Estados Unidos —militares y civiles— fue de 655.000. En la Primera Guerra Mundial murieron más de 116.000 personas, en la Segunda Guerra Mundial más de 405.000, en la Guerra de Corea más de 36.000 y en la Guerra de Vietnam más de 58.000. Esas cifras sólo incluyen a los estadounidenses.

La violencia armada en Estados Unidos mató en promedio a 37.000 personas entre 2014 y 2018. Los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 causaron exactamente 2.996 muertes, una cifra que el coronavirus en Estados Unidos alcanzó a inicios de abril.

Sin embargo, llega un momento en que la cuantificación deja de ser comprensible y alcanza niveles abstractos. Esa es en parte la razón por la que la educación sobre el Holocausto se ha centrado últimamente en narrativas personales: Al fin y al cabo, la muerte de 6 millones de judíos, entre otros, es una cifra tan colosal que resiste la comprensión.

“Es muy difícil para la gente captar ciertas estadísticas cuando los números superan cierto nivel”, comenta Lorenzo Servitje, profesor de literatura y medicina en la Universidad Lehigh.

“¿Acaso se pueden visualizar 30.000 personas? ¿50.000? Y cuando se habla de millones, ¿quién es capaz de comprender eso?”, agrega Servitje. “Es algo tan ajeno a la vida cotidiana que es difícil derivar de ello significado alguno”.

Este pasado domingo el New York Times trató de adentrarse en el tema, al dedicar la totalidad de su primera plana a una lista de personas fallecidas por el coronavirus y aun así alcanzó a nombrar sólo el 1% de los desaparecidos.

“Hay límites a lo que una cifra puede revelar”, declaró el diario.

Para mayor complejidad está la idea de lo diferente que es la pandemia en comparación con hechos como, por ejemplo, el 11 de septiembre, o una masacre a tiros o un desastre natural de gran magnitud. A diferencia de esos otros acontecimientos, la pandemia es una tragedia que se desdobla gradualmente con el tiempo, se va agravando y es imposible de resumir en una frase contundente.

“Cada día nos vamos acostumbrando a una nueva realidad y no nos damos cuenta de cuán lejos estamos de lo normal”, opina Daryl Van Tongeren, profesor de psicología en el Hope College de Michigan, experto en los intentos de los seres humanos de buscar significado en su sufrimiento.

Nuestros cerebros, explica, están diseñados de manera que podamos sentir empatía hacia el otro, pero sólo hasta cierto punto.

“Llega un momento en que el sufrimiento es excesivo y más bien nos volvemos indiferentes, es decir, se nos agota la empatía”, expresó Van Tongeren.

“Ahora nos hemos acostumbrado tanto a las muertes, llegando a las 100.000, que nuestra empatía ha disminuido”, añadió.

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