La historia de Joe Campos, el arizonense latino que pudo haber sido el primer soldado en morir en la Guerra de Corea

La ejemplar historia del militar de guerra Joe Campos, es una que se le debe a él, a su familia y a todos los arizonenses

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El suboficial Joe Campos, habría sido capaz de ver la muerte venir.

Estaba a punto de morir.

Fue el 28 de junio de 1950, era el comienzo de la Guerra contra Corea, y quedó atrapado en un monzón, en un viejo avión descompuesto que rechinaba y que se dirigía al Mar Amarillo.

Si su vida apareció ante sus ojos, debió haber visto cómo fue que llegó hasta allí en ese momento.

Habría recordado a sus amigos y familiares despedirse, mientras él empacaba su maleta en un pueblo minero de Arizona para dirigirse al servicio militar. Algunos diciéndole adiós, otros conteniendo las lágrimas.

Eso fue antes de Corea. Eso fue en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Recordaría haber visto los aviones de combate alemanes atacando sus formaciones en el norte de África e Italia. El resplandor caliente de los proyectiles rasantes. El humo de las explosiones. Las misiones de las que logró sobrevivir de alguna manera.

Sus memorias debieron haber llegado hasta su amada mujer, esperándolo después de años de estar separados. Pensaría en su abrazo. En su criatura recién nacida.

Y se habría acordado de su terruño.

Su remembranza lo debió de haber colocado en las sucias y peligrosas minas de cobre. Las pálidas bombillas. Los retretes. Los pisos de tierra. El tipo de cosas a las que tenían que acostumbrarse los que llevaban el apellido Campos.

La clase de actividades por las que buscarías enfrentar la muerte para escapar.

Se habría rememorado el instante en que hizo la fatídica elección. Luego de haber sobrevivido a una guerra, se enlistaría de nuevo y terminaría en otra. Para acabar precipitándose en el océano.

Esa había sido su decisión. No tenía que volver a la guerra. O tal vez si.

A lo mejor él sabía que tendría más ahí que en un segregado pueblo minero. Más para sí mismo. Más para su esposa. Más para su hija. Y tal vez, él no sabía otra manera para conseguir las cosas.

En instantes, es probable que Joe Campos debió haber analizado la vida que tenía, pensado en la vida que hubiera querido tener, y entonces su vida debió haber terminado.

Su aeronave B-26 Invader se estrelló contra el agua y se destrozó.

Campos no logró sobrevivir. Tampoco su piloto. Solamente el oficial de navegación sobrevivió al accidente.

Otros cuatro aviadores murieron en dos colisiones por separado ese mismo día, convirtiendo a los militares en las primeras muertes estadounidenses de la Guerra de Corea.

Sin embargo, la investigación para este artículo no encontró nada en los registros del Museo Smithsonian del Aire y el Espacio o en la Biblioteca y Museo Presidencial Harry S. Truman, donde se hablara de Joe Campos.

En muchas listas, la distinción de ser primera víctima fue para un soldado de infantería de West Virginia, llamado Kenny Shadrick, quien murió una semana después del incidente de Campos y los demás aviadores.

Joe Campos merece el reconocimiento sin importar cuándo murió exactamente.

“Considerando sus misiones, ¿Una medalla Estrella de Plata? ... Eso es extremadamente importante contextualizar. Su récord es extremadamente impresionante. De nuevo, ¿100 misiones?, eso no es algo que ocurrió muy a menudo", asegura el historiador militar Kyle Longley.

En última instancia, es una nota de página. ¿Qué importa la fecha en que murió Joe Campos? Decenas de miles de estadounidenses fueron exterminados en Corea. ¿Hay alguien más importante que otro?, ¿No fue la primera muerte tan trágica como la última?, ¿No es tan honorable su muerte como todas las que vinieron después?

Pero en los Estados Unidos se hacen listas y se siguen rastros. Y se cuentan historias sobre los héroes que se convierten en referencias sobre la gente de esta nación. Por lo tanto, sí importa.

Si se conoce la historia de Kenny Shadrick. ¿Por qué no la de Joe Campos? Y además, ¿qué pasaría si se dejara de lado la historia de cualquier persona? ¿No querría esa persona que alguien arreglara las cosas?.

Para hacer eso, se necesita conocer a Joe Campos. Se precisa saber la vida que tuvo, y la vida que el quería tener.

Se le debe a él. Se le debe a su familia. Y cuando se conozca su historia, la gente se dará cuenta de que se le debe a la gente de Arizona , y de que la población de este país le deben más de lo que se le podría pagar.

FUERZA

"Era ruidoso y polvoriento. Estaba húmedo, sucio, un trabajo muy, muy sucio, agotador y duro ".

Si estamos hablando de la vida que tuvo José Catano Campos Jr., esta comenzó en medio de la nada.

Era la región minera del este de Arizona, donde se juntan Claypool, Globe y Miami. Era 1919, y su familia fue parte de una ola de personas que llegaron al estado, después de huir de una guerra civil que se había apoderado de México.

Los que llegaron al norte de la frontera encontraron trabajo en las minas de cobre, que era mejor que estar huyendo de soldados y rebeldes, pero eso era a todo lo que podían aspirar.

El padre de Joe, Don José, conducía un carrito de minería por pistas estrechas, y teniéndolo que alejar a centímetros de los lodos líquidos y candentes. Estaba en constante peligro de ser mutilado o de perder la vida.

Al menos él no estaba perforando o colocado explosivos para sacar el mineral.

"Era muy ruidoso y polvoriento. Estaba húmedo, sucio, un trabajo muy, muy sucio, agotador y difícil ”, señaló Tom Foster, un historiador de Arizona.

Las explosiones no siempre eran controladas y pasaron años antes de que alguien pensara en la necesidad de bombear agua bajo tierra para contener el polvo que resultaba.

Aquellos que no perdieron la vida, llegaron a perder la audición o el sentido del gusto. Muchos terminaron desarrollando problemas respiratorios, que no eran exclusivos de quienes trabajaban bajo la tierra.

En la superficie, una fundición recién construida, que brillaba al rojo vivo durante la noche, arrojaba humo negro a través de su chimenea, enviando ceniza al cielo que eventualmente se asentaron y cubrieron todo en los poblados de Miami y Globe.

El polvo resultante podría haber sido lo único que les cayó a todos por igual.

Para todo lo demás, había dos normas.

Los de raza blanca en Arizona, conocidos como anglosajones, tenían acceso a las mejores casas, a los trabajos más seguros y al salario más alto. Los hispanos, los indios americanos y los negros, vivían en una escala diferente.

No era difícil ver que la vida en ese lugar no sería tan buena para Joe Campos.

VALOR

"No fue reclutado. Fue un voluntario".

La vida que Joe quería estaba al lado de Jovita.

Jovita Campos recordó la primera vez que se sentó con el hombre con el que eventualmente se casaría.

"Íbamos a hacer un día de campo", recordó.

Joe se ofreció a llevar a Jovita y a sus amigas en su camioneta.

"Esto tiene que haber sido en 1940", señaló. "Me pidió que me sentara al frente".

Ella ya lo conocía antes de eso. Sus familias vivían a poca distancia una de la otra. Pero esa fue la primera vez que se mostraron algún interés.

“Era mayor que yo, y en ese momento seis años hacían mucha diferencia. Yo era una jovencita, ¿sabes?.

En esos tiempos, ambos estaban llegando a la mayoría de edad. Ella aceptó su invitación y se sentó en el medio, entre Joe y una de sus primas. Todos los demás se apilaron en la parte trasera de la camioneta.

No pasó mucho tiempo antes de que Joe se apuntara para entrar al ejército.

"No fue reclutado. El fue un voluntario ”, indicó Jovita.

Joe podría haber sospechado que la guerra se acercaba. Entró en septiembre de 1941. Tres meses después, las fuerzas japonesas atacaron la base hawaiana de Pearl Harbor.

"Supongo que sintió que había una oportunidad para que él, eligiera lo que realmente quería hacer", dijo. "Pudo haber tenido la idea de querer estar en la Fuerza Aérea, que en ese momento era conocida como el Cuerpo Aéreo, y no la infantería".

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Joe también podría haber sentido que tenía que demostrar algo. Entre las personas que hablaban español, había un deseo de mostrar que eran tambien patriotas, tan estadounidenses como cualquier otra persona. Es una de las razones por las que los jóvenes que se llamaban "José", fueron mejor conocidos como "Joe".

Y, realmente, ¿qué estaba dejando atrás?

Roberto Reveles sabe cómo se debió haber sentido ser una persona como Joe Campos. Nació en 1932 en la misma parte de Arizona. Él también sirvió al ejercito en la Guerra de Corea.

"La vida era francamente, bastante estéril”,comentó.

Las casas eran pequeñas. Muchos tenían bombillas y duchas improvisadas con una tubería doblada y conectada a una lata con agujeros perforados en la parte inferior. Algunos tenían pisos de tierra y retretes afuera de los hogares.

¿Esa era la vida que quería Joe?

PERSEVERANCIA

"El habría sido parte de una pequeña familia ... la raza no importa en una trinchera”

La vida que Joe Campos encontró en el servicio militar lo puso en la torreta de un avión Mitchell B-25.

Sirvió en la 12va División de la Fuerza Aérea, con el 5to Escuadrón de Reconocimiento Fotográfico, 3er Grupo de Reconocimiento en el escenario del Mediterráneo.

Completó más de 100 misiones, principalmente en el norte de África e Italia.

Durante una misión nocturna el 31 de mayo de 1944, derribó un Messerschmitt Bf 109 Alemán, uno de los aviones de combate más avanzados de su época. (Flyboys lo llamó  a "apagar las luces", y solamente habría podido apuntar a los destellos de luz muy breves).

Jovita Campos cree que ayudó en el transporte de los mapas y pertenencias de alto secreto del general Dwight Eisenhower, desde Inglaterra hasta el Peñón de Gibraltar.

Después de todos los años que han pasado, ella ha mantenido todos sus registros y recuerda cada una de sus historias.

El avión B-25 era un bombardero de batalla. Estaba equipado con armas en todas los áreas del aparato.

Pero también dependía del trabajo en equipo y una tripulación muy unida. Manejando el arma, Joe era parte de ese equipo.

Había muy poca gente hispana en el Cuerpo Aéreo del Ejército, pero como grupo, no fueron discriminados formalmente de la manera en que si lo fueron los afroamericanos y los asiático-americanos.

En ese estilo de vida, a Joe le pagaban según su rango, no su nombre.

"Él habría sido parte de una pequeña familia ..." comentó Kyle Longley, quien recientemente dejó un puesto en la Universidad Estatal de Arizona, para dirigir la Biblioteca Presidencial LBJ en Austin, Texas.

Encumbró una vieja expresión cuando agregó: "la raza no importa en una trinchera".

Alabando otro antiguo enunciado, dijo que José hubiera sido un Joe normal.

Eso no quiere decir que no enfrentó desafíos asociados con su apellido. Con un apellido diferente, ¿habría tenido una mejor oportunidad para convertirse en oficial? ¿Se habría alzado por encima de las filas que lo pusieron en la mira de los enemigos?

En cualquier caso, él tenía una vida en mente, y este era su camino para seguir.

AMOR

"Cartas. Cartas. Cartas ... Todavía las tengo".

Todo el tiempo que estuvo en la guerra, Joe se mantuvo en contacto con Jovita pensando en la vida que quería que tuvieran.

"Cartas. Cartas. Cartas... Me mandó muchas de las cartas ", comentó Jovita. "Todavía las tengo. Y tarjetas. No teníamos teléfono en ese momento, así que esa era la forma en que nos comunicamos".

Ella continuó recordando.

"Oh, Dios mío", dijo ella. "Nunca pensé que me amara tanto. Y él siempre quiso volver a casa ".

Ella no fue la única a la que Joe escribió:

"Bueno, mamá, nos han dado nuestro permiso por diez días", escribió en marzo de 1942, cuando estaba instalado en Tampa, Florida, para entrenarse.

Él esperaba regresar para hacer una visita.

"Pero no puedo hacerlo, porque me toma diez días hacer el viaje, así que solo me dejaría menos de un día para estar en casa. Lamento no haber podido obtener más días. He intentado mucho conseguir 15 días, pero no se puede hacer. Así que supongo que no los veré a todos por mucho tiempo, y la tarifa del boleto del viaje es de 81.20 dólares de ida y vuelta. Creo que sería una pérdida de dinero pagar tanto y solamente pasar un día en casa ".

De los 81 a los 1,300 dólares en los estándares de hoy, el viaje era por mucho dinero. Pero esa fue la otra diferencia en la vida de Joe.

Para Airman Joe Campos, los 81 dólares era mucho dinero, lo que lo obligaba a tomar una decisión más práctica.

Una persona que trabaja en la minas de Arizona en ese momento, ni siquiera se habría hecho la pregunta sobre el viaje. Ahí sólamaente había unos pocos dólares al día.

DETERMINACIÓN

"Lo ignoraban por completo ... Puedes imaginarte cómo sería eso".

Joe Campos regresó a los Estados Unidos en junio de 1945 y fue dado de baja con honores en Fort Bliss, Texas.

No le tomó mucho tiempo comenzar la vida que siempre quiso.

"Joe regresó en junio, y Dios mío, nos casamos en julio", evocó Jovita.

"Tuvimos una boda muy, muy hermosa", dijo.

Intercambiaron los votos matrimoniales en Claypool, frente a sus familias más cercanas.

"No había mucha gente", señaló. No hubo una gran cena. No tuvieron una luna de miel lujosa. "Pero yo tenía un hermoso vestido. Él se veía muy guapo, y lo era. Joe lucía muy apuesto con su traje negro. Y fue un hermoso día, el 21 de julio de 1945”.

Su hija Juanita, quien siempre ha sido llamada Jennie, nació en abril de 1946.

La joven familia se estableció en Miami, Arizona,  y Joe comenzó a trabajar en la mina de cobre del lugar, como ayudante de electricista.

Y esta era la vida que Miami le podía ofrecer a Joe Campos:

Las personas con apellido Campos eran colocadas al fondo de sus propias aulas de clases y en los vecindarios.

En el cine, la gente con el apellido Campos se sentaba en la zona de balcón.

A las personas de apellido Campos se les permitió nadar en las instalaciones del club YMCA, solo el día antes de que se desaguara la piscina para limpiarla.

En la iglesia, los de raza blanca se sentaban en su propia sección. Y en las minas, tenían el salario más alto, ya sea que fueran estadounidenses o parte de una ola de inmigrantes de Europa del Este.

Alguien de apellido Campos podría haber esperado ganar aproximadamente la mitad de lo que ganaba su contraparte anglosajona, independientemente de las generaciones que su familia tuvieran viviendo en los Estados Unidos.

Independientemente de hubieran peleado en la guerra.

Su trabajo, por lo menos lo mantuvo ocupado.

"Sobre la superficie", expuso el historiador Foster, "una persona tenía comunicación, equipos eléctricos para la maquinaria, iluminación, cableado para encender diferentes equipos, bombas y generadores. Bajo tierra, las personas tenían que instalarlas y mantenerlas funcionando. Las bombas se desgastan o sufrían corto circuito”.

Pero él estaba solo. Su tripulación en el aire era un grupo cercano. En las minas, nadie le hablaba.

"Ni siquiera los podía llamar compañeros de trabajo, solo eran personas a su lado, hacían su vida más miserable", señaló Jovita Campos.

"Lo ignoraban por completo, no hablaban con él, no se sentaban a su lado a la hora del almuerzo. Puedes imaginarte cómo sería eso en una situación laboral", dijo.

La joven familia no podía permitirse ninguno de los lujos que vieron aparecer en la época de la posguerra. No podían comprar ropa de lujo o electrodomésticos relucientes.

Eran tan pobres que tenían que estacionarse en la cima de una colina para ver los partidos de fútbol americano de la escuela preparatoria del pueblo, en lugar de comprar boletos de entrada.

La vida que llevaba Joe Campos fue suficiente para hacer enojar a algunas personas.

A unos cuantos cientos de millas de distancia, en Morenci, Arizona, los veteranos de guerra mexicano-estadounidenses lideraban una huelga que buscaba igualdad salarial y que cerró las minas por más de 100 días.

Pero Joe no vivía en Morenci. Y él no estaba dispuesto a organizar una huelga. Tenía otras ideas.

DECIDIDO

"Él me levantó ... era un ser humano maravilloso".

Había alguien más que veía lo que en realidad la vida le debía a Joe Campos.

Su nombre era James T. Weber. Era un sacerdote católico. El era anglosajón, y era algo radical.

"Inclusive en nuestra iglesia, se tenía el lado mexicano y el lado anglo", recordó Jovita. “Lo primero que hizo el sacerdote fue acabar con las separaciones. Quiero decir que lo hizo tan rápido que sorprendió a muchos".

Roberto Reveles era uno de los monaguillos de Weber.

Recordó estar enfermo cuando era un niño y Weber lo llevó a casa desde el hospital, en una pendiente empinada donde vivían familias con apellidos Reveles o Campos.

"Me levantó en peso y me llevó por la ladera", recordó Reveles. "... Era un ser humano maravilloso".

Nadie sabe por qué Weber insistió en la igualdad de las personas en un época en la que predominaba la segregación.

"Con suerte, fue de su alma interior", dijo Reveles. "Por supuesto, antes de él llegamos a tener sacerdotes que toleraban la segregación".

Claramente, una vida de discriminación y pobreza no era lo que Joe Campos tenía en mente.

Se sentía miserable y consideraba si debía volver a enlistarse al ejercito. Jovita cree que su esposo debió haber consultado por lo menos a dos personas: al sacerdote, Weber; y a su hermano mayor, Manuel.

El consejo de Weber a Joe se ha convertido en una parte de su tradición familiar. Jennie Campos lleva décadas contando la historia.

Guarda como recuerdo una copia de un artículo que dice que se publicó hace unos 40 años, en una versión en inglés del periódico Korea Herald.

El titular dice "La primera pérdida humana recordada de los Estados Unidos en la Guerra de Corea", y tiene una buena versión de la historia del padre Weber, inclusive si algunos de los detalles de la traducción están algo borrosos:

“Su padre iba a ser nombrado capataz en la compañía minera, antes del estallido de la Guerra de Corea y algunos empleados en la empresa plantearon severas objeciones a la promoción del puesto, ya que él pertenecía a una minoría mexicana”.

"'Debido a esos procesos desfavorables en la compañía, mi padre estaba muy afectado espiritualmente. Siguiendo el consejo de un sacerdote, se ofreció como voluntario para volver a la guerra y participar ahora en la Guerra contra Corea", señaló la primogénita de Campos, en un tono un tanto desconcertada".

A grandes rasgos esto es correcto. Joe odiaba lo que percibía en su ciudad natal. Su tiempo en el servicio militar le demostró que él podía aspirar a algo más.

"Mi esposo había estado expuesto a otra vida", dijo Jovita. "... Él tenía intenciones de hacer una carrera en el ejercito".

Weber murió en 1988, aproximadamente 40 años después de dar su bendición a la decisión más importante en la vida de Joe.

Pero el frustrado minero también tuvo que hablarlo con el hermano mayor de su esposa, Manuel Casillas. En aquel entonces, fueron a un bar donde Joe vomitó sus inquietudes sobre unas cuantas cervezas.

Jovita recuerda haber estado preocupada luego de que Joe no llegó directamente a casa desde el trabajo.

"Era muy inusual que él se quedara hasta tarde", dijo Jovita.

¿Donde estaba? ¿Que estaba haciendo? ¿Estaría bien?

Ella soltó un suspiro de alivio cuando su esposo finalmente entró por la puerta, incluso si él pudiera haberle dicho que había estado bebiendo. Pero Jovita no podría haber estado preparada para lo que vino después.

Joe la sentó y le dijo que iba a volver a enlistarse al ejercito.

FAMILIA

"Este es el día que he estado esperando todo el tiempo".

No era exactamente la vida que Joe Campos quería, pero estaba más cerca de conseguirla.

Era 1947 y lo enviaron a la Base Williams de la Fuerza Aérea en el Condado Maricopa, lo suficientemente cerca como para que pudiera regresar a casa los fines de semana.

Jovita no cree que no lo hubiera podido hacer de otra manera. No podía soportar estar separado de la pequeña Jennie.

"Joe la llevaba a todas partes", apuntó Jovita. "No importaba a donde fuera. Ella tenía que ir con él. ... Y tomando fotografías, siempre tomando fotografías de ella ".

Jovita y Jennie vivían justo al lado de su madre y estaban rodeadas de familiares.

Estarían bien en el transcurso de la semana.

En cuanto a los fines de semana, "todos los viernes por la noche, él estaba en casa", recordó Jovita.

Regresaba a la base los domingos, creyendo que se encaminaba hacia una vida mejor.

Ya casi estaba allí.

Fue ascendido, ganándose una trayectoria a través del rango de sargento. Significaba una mayor cantidad de salario y beneficios que podrían ayudarlo a formar a su familia de por vida.

También significaba poder tener acceso a la tarea más sencilla que los militares de los Estados Unidos tenían para ofrecerle en la posguerra, un lugar en una base en Japón.

Solo faltaban dos piezas y estas estaban a punto de acomodarse.

"Querida mamá", escribió Joe en una carta de la Base Aérea de Yokota en 1949. "Finalmente recibí la carta de Jovita. Ella me dice que viene en camino hacia acá, este es el día que he estado esperando durante mucho tiempo". No durará mucho, para cuando el barco esté llegando a Japón. El viaje debe durar unos 12 días más. … Volveré a ver a Jenny ”.

La carta de dos páginas escrita en letra cursiva de Joe Campos, dice más adelante: "Algo bueno acerca de Yokota, es que es la mejor Base Militar en Japón. Las casas son muy bonitas y tienen casi de cualquier cosa por aquí. De hecho, uno no tiene que salir de la Base para nada ".

El choque cultural que Jennie y Jovita encontraron es difícil de exagerar.

"Los líderes políticos estadounidenses bromeaban diciendo que la pelea más difícil sería sacar a los oficiales estadounidenses de Japón, después de la ocupación", manifestó Michael Schaller, un historiador militar de la Universidad de Arizona. “Nunca vivirían tan bien como lo hicieron entonces. ... Aquel fue un trabajo bastante cómodo".

En Arizona, la familia de Joe vivía en una casa pequeña que era un poco más que un refugio.

En Japón, tenían escaleras y ventanas.

De regreso en casa, Jovita tuvo que lavar la ropa a mano.

En Japón, tenían una sirvienta.

De vuelta a casa, Jovita tuvo que moler el maíz en un metate tradicional.

En Japón, salían a cenar a restaurantes de lujo.

En casa, todo lo que se podía ver era la mina de cobre.

Pero Joe descubrió cómo hacer que Jovita y Jennie viajaran alrededor del mundo.

"Encontró una salida", dijo Jovita. "Estaba muy orgulloso de él."

GUERRA

"Simplemente pasaron por encima de ellos y los arrasaron".

Es fácil ver cómo perdimos a Joe Campos.

Nadie estaba listo para que estallara la guerra en 1950.

Los recuerdos de Pearl Harbor, la Batalla de Bulge y los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, eran reales y estaban muy presentes.

La llamada Guerra Fría había comenzado, pero Moscú estaba en el otro lado del mundo y los estadounidenses estaban contentos de dejarlo así.

La mayoría de las personas en los Estados Unidos no podrían ubicar a Corea en un mapa, y mucho menos a explicar cómo se podría desencadenar ahí la Tercera Guerra Mundial.

La península de Corea había sido ignorada en gran medida, luego de que diplomáticos la dividieran por la mitad, dejando el norte a la Unión Soviética y el sur a los Estados Unidos.

Le tomó solamente cinco años a los militares de los Estados Unidos para relajarse, casi hasta el punto de quedarse dormidos.

Se redujeron los presupuestos de reclutamiento. Los aviones de guerra se deterioraron. Las balas y las bombas se echaron a perder en las cajas de almacenamiento.

Los soldados como Joe estaban más bien descansando con sus familias, que preparándose para un conflicto.

De la nada, decenas de miles de soldados norcoreanos fortalecidos para la batalla, cruzaron el paralelo 38 el 25 de junio de 1950, flanqueados por los tanques soviéticos.

Los historiadores, si son amables, describen a los Estados Unidos del momento como si hubieran sido sorprendidos "con los pies sobre el piso".

Para hablar sin rodeos, se dirán que Washington fue atrapado "con los pantalones abajo".

De cualquier manera, el presidente Harry S. Truman tardó dos días en responder.

Si los estadounidenses cedían el territorio parecerían débiles. Si reaccionaba con mucha audacia, podrían desencadenar una guerra nuclear.

Truman autorizó el apoyo aéreo y naval de Estados Unidos el 27 de junio.

Un día después, habría tres accidentes aéreos en el anonimato, en el que murieron seis aviadores estadounidenses.

Uno de ellos fue Joe Campos.

Jovita y Jennie no tenían ni idea del acontecimiento. Estaban de regreso en la base de Japón, esperando que Joe regresara a casa. Durante semanas, no se enteraron de que había muerto.

Mientras tanto, los norcoreanos continuaron marchando hacia el sur y atacaron a las fuerzas terrestres de los Estados Unidos, unos 10 días después de la invasión inicial.

Cerca de Osan, más de 4 mil soldados comunistas se enfrentaron con la Task Force Smith, unos 500 estadounidenses que no tenían ni idea de a lo qué se enfrentaban.

Los norcoreanos "simplemente los arrasaron y los devastaron", aseguró Kyle Longley, historiador militar, que tiene una capítulo sobre esta batalla en su nuevo libro, "En la ruta del Peligro (In Harm’s Way): Una historia de la experiencia militar estadounidense".

Horas más tarde, los tanques enemigos retumbaron ante un joven soldado de infantería, el Pvt. Kenny Shadrick.

Shadrick, un joven de 18 años de Skin Fork, Virginia Occidental, estaba en una trinchera ayudando a un operador de bazuca. Una foto lo muestra allí, momentos antes de morir.

Después de disparar a uno de los tanques que había atravesado la batalla inicial en Osan, Shadrick se levantó para ver si el tiro había alcanzado su objetivo.

Fue abatido por la descarga de una ametralladora.

IDENTIDAD

"Kenneth Shadrick ... el primer soldado estadounidense en morir"

La identificación errónea de los caídos comenzó casi de inmediato.

Un informe de la agencia de noticias Associated Press, fechado en "Taejon, Corea, 7 de julio de 1950", cita a un fotógrafo del ejército que tomó la imagen de Shadrick.

"Estaba tomando algunas buenas fotos", aseguró el Sgt. Ray Turnbull, "pero después de dos rondas de disparos, nos movimos a otra posición para tener una mejor visión de dos tanques enemigos”.

"Dispararon una ronda desde un nuevo lugar. El Pvt. Kenneth Shadrick ... contaría ‘uno, dos, tres’ para que yo pudiera disparar mi cámara y captar la flama desde el final de la bazuca.

"Cuando Shadrick dijo 'tres', corrió para ver dónde había dado el proyectil. En el mismo instante fue impactado en el pecho y el brazo derecho... Yo dije que era demasiado tarde para él, porque había visto el agujero en su pecho. Me tomé una foto con el teniente sintiendo su pulso, pero en 30 segundos Shadrick estaba muerto".

Shadrick fue identificado en ese evento como "el primer soldado de infantería de Estados Unidos muerto en la guerra", lo que no pudo haber sido el caso. Él no fue el primer soldado caído de ese día.

Más tarde, la revista Life lo llamó "la primera víctima de tierra reportada por los Estados Unidos en Corea y, de repente, fue visto como una figura nacional".

La revista Time también tuvo una expresión similar, y llamó a Shadrick "el primer soldado del país que murió en la batalla de Corea".

Un año más tarde, un pie de fotografía de la revista Life decía: “RECORDATORIO DEL ANIVERSARIO, exactamente un año después del inicio de la Guerra de Corea, fue este funeral de Kenneth Shadrick ... el primer soldado de los Estados Unidos en morir en ella. Shadrick fue asesinado por una ametralladora norcoreana cerca de Sojong, el 5 de julio de 1950, cuando las fuerzas norteamericanas se estaban replegando".

Joe Campos, sin embargo, estaba siendo identificado por los periódicos en su estado natal.

El periódico The Arizona Silver Belt mostró fotos en su portada, junto con el titular, "El PRIMER ARIZONENSE MUERTO EN LA GUERRA DE REGRESO A CASA", el 9 de julio de 1953. Incluso tiene la fecha. "El sargento Campos no pudo regresar en un vuelo sobre la zona de batalla de Corea, el 28 de junio de 1950".

El 17 de julio de 1953, el periódico The Arizona Republic comunicó un breve anuncio bajo el título "Servicios fúnebres para la primera baja de Arizona en Corea el 18 de julio", junto con una foto de Joe en la que estaba ataviado con una gorra de aviador y gafas, colocadas en lo alto de su cabeza.

Se necesitaron décadas para que hubiera algo que se acercara a un reconocimiento más amplio.

Y la gran mayoría, todavía siguen equivocados.

En la actualidad, la Biblioteca y Museo Presidencial Harry S. Truman muestra la fotografía de Shadrick manipulando la bazuca bajo el título "Primer soldado estadounidense muerto en acción, en la Guerra de Corea, cerca de Osan".

Esta omisión representa una de las heridas más profundas.

Dado que Truman fue presidente durante la guerra, esta recopilación sería uno de los primeros lugares a los que los historiadores recurrirían para obtener información. El museo no contiene nada sobre el sargento. Joe Campos.

Hay innumerables referencias a Shadrick, con diversos grados de inexactitud.

La cadena de televisión History lo identifica en línea bajo el título "Primera fatalidad de los Estados Unidos en la Guerra de Corea", aunque la historia está un poco más matizada, al leerse "el primer estadounidense reportado muerto".

El original de la revista Life del 17 de julio de 1950, incluye a Shadrick, con otras dos personas en un conjunto de historias con el titular "El frente nos vuelve conscientes de Corea".

Decía: “Aunque hasta ahora relativamente pocos estadounidenses están luchando en Corea, para algunas familias, el frente de batalla se convirtió de repente en algo grave y personal, la semana pasada trajo una rápida tragedia para algunos. (ver dos páginas siguientes) ”.

En orden alfabético, la revista luego describe los perfiles del Sgt. William Goodwin, el teniente Remer Harding y el de Shadrick.

Shadrick, por supuesto, fue identificado como "una figura nacional", pero Goodwin y Harding murieron una semana antes que él. El perfil de Harding muestra el 28 de junio. El de Shadrick no menciona el día en que fue muerto.

Los tres eran de clase trabajadora y de raza blanca, "representativos del estereotipo de lo que debería ser un estadounidense en 1950", indicó Longley.

IDENTIFICACIÓN

"Él le dijo: 'Podrían haberte dicho desde el principio que se había ido'".

Si bien es importante que sepamos la historia del soldado Pvt. Kenny Shadrick, también deberíamos saber que el ejército de los Estados Unidos reconoce a seis hombres que murieron una semana antes que él.

Joe Campos y Raymond Cybroski murieron cuando su avión B-26 se estrelló en condiciones de visibilidad cero, cerca de la isla de Chindo.

Harry Lister, el oficial de navegación, fue rescatado y vivió. Más tarde le contó a Jovita sobre el accidente y del hecho de que Joe había desaparecido en combate.

La fecha del 28 de junio de 1950 no significó mucho para ella. Fue ya bien entrado el mes de julio cuando ella pudo comenzar a procesar la muerte. Jovita siempre ha creído que podrían haberle dicho antes.

"Más tarde, me enteré por el capellán y él me dijo: 'desde el principio podrían haberte dicho que se había ido ya'", apuntó Jovita.

Después de que su muerte fuera oficial, ella hizo los arreglos para regresar a casa de inmediato.

"Salimos de Japón", dijo Jovita. "Creo que fue el 10 de julio".

♦ ♦ ♦

Se sabe muy poco de Cybroski, aparte de que creció en Chicago y tenía 25 años cuando murió.

Remer L. Harding y William J. Goodwin, piloto y artillero, fueron parte de la misma labor de bombardeo. Regresaban a la base, pero murieron cuando se estrellaron en su aeronave durante la tormenta.

Sus historias fueron contadas brevemente en el momento de su muerte. Ellos, como Joe, eran tipos de la clase trabajadora que habían servido en la Segunda Guerra Mundial, que estuvieron algo inquietos y que se volvieron a enlistar.

Derrell B. Sayre y Vernon A. Lindvig, un piloto del avión F-82G Twin Mustang y un operador de radar, también murieron en un aterrizaje forzoso. Habían estado vigilando un barco que evacuaba a los estadounidenses desde Seúl.

Sayre, un Teniente Primero, procedía de Racine, Ohio, y murió a los 27 años. Lindvig, otro Teniente Primero, creció en Lakota, Dakota del Norte. Parte de su historia se cuenta en el libro "Prairie Boys at War", donde se señala que tenía esposa y una hija pequeña y que su muerte, junto con otras docenas, precedió a la de Shadrick.

Se han realizado esfuerzos para reconocer a estos hombres como las primeras seis muertes de los Estados Unidos en ese conflicto.

Hubo una ceremonia de remembranza en la Base Aérea de Osan, en Corea del Sur, que fue cubierta por la edición del Pacífico de la publicación militar Stars and Stripes, en junio del año 2000.

Hay una placa de bronce incrustada en una gran piedra, que lleva los nombres de cada aviador.

Jennie y Jovita no asistieron a esa ceremonia. Una falta de ortografía en el registro de Joe, en el que se puso su apellido como "Compos" en lugar de "Campos", impidió que los historiadores de la Fuerza Aérea lo encontraran.

Ellas finalmente visitaron la placa y el lugar donde los pescadores coreanos sepultaron a Joe.

Era un sitio donde Jovita pudo reflexionar sobre la vida que ellos tuvieron.

"Fue una buena vida", recuerda la viuda sobre sus primeros días en Japón, antes de que comenzara la guerra.

Visitaron pueblos y realizaron varias excursiones. "Los pobladores siempre tenían algo para nosotras", señaló ella, "nos trataban como reinas".

Jennie era una niña pequeña y no recuerda mucho.

"Yo era muy pequeña", dice ella, tratando de recordar. "Simplemente tengo esta imagen de peces, de ver peces y el sonido de las getas (sandalias de madera tradicionales), porque las mujeres japonesas todavía llevaban getas en las calles empedradas".

Ella también recuerda a su papá. Aunque no está segura de si sus recuerdos son reales.

"Tu sabes que creas en tu mente estas cosas porque quieres retenerlas", señaló.

Sin embargo es igual de vívido. Significa lo mismo.

Ella tiene una imagen de su padre "sosteniéndome al final de las escaleras", dice.

Jovita lo recuerda saliendo por la puerta. Esa fue la última vez que ella lo vio. Llevaba su uniforme de vuelo.

CALCULANDO

"Estas historias resuenan por tener puntos en común y su singularidad".

¿Tal vez ahora la historia reconocerá a Joe Campos?

Las medallas de honor de su carrera incluyen una Estrella de Plata, una Cruz de Vuelo Distinguida, una Medalla del Aire y un Corazón Púrpura, de acuerdo con los registros mantenidos por la familia.

La Estrella de Plata ha desaparecido. Pero la oficina del Representante Federal Raúl Grijalva está trabajando para reponérsela a Jennie y a Jovita.

Los historiadores del Museo Truman son conscientes del descuido en sus registros y planean comunicarse con Jennie, y aclarar las cosas sobre su padre. ¿Tal vez pudieran exhibir algunas de sus pertenencias?

Tom Foster está trabajando en una exhibición de Joe Campos para el Centro y Museo Cultural Bullion Plaza, en Miami, Arizona.

¿Pudiera ser que el Museo Smithsonian retomara la investigación? El museo nacional tiene un lugar en su Muro del Honor para Harry Lister, quien sobrevivió a la misión. ¿Por qué no un espacio para Joe?

Kyle Longley espera que así sea.

"Recolectar tantas historias como podamos, es importante", afirma. "Estas historias resuenan por sus puntos en común y su singularidad ... Como historiador, mi trabajo es tomar estas historias y asegurarme de que sean sustentadas".

PAZ

El Sargento Joe Campos hubiera podido imaginar lo que venía

Estaba a punto de morir.

Fue el 28 de junio de 1950, el comienzo de la Guerra de Corea, y quedó atrapado en un monzón mientras se desplazaba en un viejo avión descompuesto, que rechinaba con rumbo al Mar Amarillo.

Estaba en la torreta de un B-26 Invader, un bombardero ligero de doble hélice que había estado fuera de la línea de producción durante años. Las piezas de repuesto procedían de aviones de desecho, y había pocos pilotos o mecánicos que sabían cómo conducirse en ellos.

Él y el resto de la tripulación probablemente estaban en un viaje de ida y vuelta de 1,400 millas, cargados con bombas de napalm y cohetes.

Estarían volando a unos 10,000 pies de altura, lo suficientemente bajo para que los enemigos en el suelo pudieran ver el aspecto borroso de sus hélices y saber exactamente a quién estaban disparando.

Tal vez se incendiaron. Tal vez fue el clima. Sea lo que sea, Joe Campos hubiera podido ser capaz de verlo venir.

El avión se estaba cayendo.

♦ ♦ ♦

Si su vida pasó frente a sus ojos, debió haber visto cómo llegó hasta ese momento.

No solo la imagen de un bombardero destruido en una guerra inesperada. No solo la visión de los niveles bajo la tierra y el racismo en un pueblo minero de Arizona.

Si Joe Campos pudo haber visto la historia de su vida pasar, habría recordado a su esposa, en una elegante casa, vistiendo un hermoso vestido y viajando como una reina.

Habría visto a su pequeña hija subir y bajar escaleras y rodar por parques de campos verdes.

No tuvo forma de ver el futuro.

Así que no pudo ver a Jovita convertirse en enfermera. No la vio hacer una hermosa casa en Tucson. O vivir cómodamente en sus 90 años.

No vio a su Jennie ir a la universidad. O volver ahí para terminar su doctorado. O seguir sus pasos como un viajera del mundo, visitando más de 30 países y realizando trabajos de desarrollo.

Pero él debió haber sabido que iban a estar bien. Que tendrían beneficios militares y atención médica. Y que habrían visto cosas más allá de la segregación y la pobreza.

También debió haber estado seguro de que lo amaban. Todavía lo hacen. Y que nunca lamentarían su decisión.

Él no tenía que volver a la guerra. O tal vez si.

Porque sabía que había algo más allá. Más para sí mismo. Más para su esposa. Más para su hija. Y esta era la forma que el entendía que debía buscarlas.

Joe Campos debió haber pensado en la vida que tenía, y habría sentido paz.

Él tenía la vida que había querido.

Y se sacrificó para que su esposa y su hija también pudieran tener la vida que él quería para ellas.

*Traducción: Alfredo García

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