Mexicali ha crecido rápidamente para convertirse en una sede industrial. Sus fábricas impulsan la economía, pero la falta de controles sobre la contaminación está causando grandes estragos en el medio ambiente

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Cuando Luz María Ortega Villa crecía en Mexicali en los años 60 y 70, recuerda la vista clara de las montañas a la distancia.

Al oeste y al sur, los picos escarpados de la Sierra Cucapá se elevaban sobre las tierras de cultivo más allá de la ciudad. Al norte se alzaban las Chocolate Mountains, en California.

Este majestuoso paisaje comenzó a desvanecerse en una bruma contaminada a mediados de los años ochenta, como consecuencia de la proliferación de fábricas y el aumento de la población. Mexicali ha seguido expandiéndose desde entonces.

Desde su implementación, las maquiladoras han transformado lo que una vez fue un pueblo agrícola, en una ciudad industrial que es uno de los principales centros de producción de México en la frontera. La población de Mexicali se ha multiplicado desde 1980 y actualmente es de aproximadamente 800 mil habitantes. Incluyendo a otros pueblos cercanos y comunidades rurales, el área alberga a más de un millón de personas.

Ortega, profesora de la Universidad Autónoma de Baja California, ha visto que esta transformación ha traído a su ciudad una de las peores contaminaciones del aire en México. En días especialmente malos, las alertas de la calidad del aire describen la contaminación como “no saludable".

Las partículas en el aire provocan altas tasas de asma y muertes por enfermedades respiratorias.

“Es muy triste”, comenta Ortega. “Como cachanilla que soy, que nací en Mexicali, me da mucha tristeza – además de coraje y rabia – al ver que esto está ocurriendo, y que no hay quién ponga un freno al deterioro ambiental”.

Las agencias del gobierno mexicano en la región fronteriza no han hecho de la lucha contra la contaminación una prioridad. Las aguas residuales sin tratar se derraman regularmente en el Río Nuevo, que fluye a través de la frontera hacia Calexico. Las calles de Mexicali están llenas de camiones que expulsan gases de sus escapes. Nubes de humo color café salen de las fábricas.

Una investigación realizada por el periódico The Desert Sun, encontró que las agencias del gobierno mexicano no están haciendo lo suficiente para monitorear la contaminación en Mexicali y que una supervisión de las plantas industriales inadecuada permite que la contaminación continúe sin cesar, poniendo en peligro la vida y la salud pública. Tanto las agencias reguladoras ambientales estatales como las federales, padecen perennemente de fondos y personal insuficientes, y los registros muestran que sus esfuerzos de ejecución de medidas de control han sido mínimos.

La contaminación incontrolada ha generado cuestionamientos y debates en Mexicali y las comunidades vecinas, sobre si los controles ambientales más laxos han ayudado a atraer a las empresas que establecen sus fábricas cerca de la frontera.

Algunos expertos que han estudiado el crecimiento de las maquiladoras dicen que la falta de supervisión ha convertido a la frontera en un paraíso de contaminación, y que, a la vez que las empresas han llevado sus empleos a la frontera para reducir costos, algunos también han elegido México como zona permisiva para sus contaminantes industrias.

"Para ponerlo en términos económicos, las compañías han aprovechado la débil aplicación de la ley en México sobre las normas ambientales y los salarios muy bajos, básicamente para tirar en el ambiente y en la sociedad sus externalidades", aseguró Lori Wallach, directora de Global Trade Watch (Observatorio del Comercio Mundial) de la organización Public Citizen.

"Comparando la forma en que pueden operar en los Estados Unidos, donde tienen que contener sus residuos peligrosos y reducir la contaminación del aire y del agua, y pagarle a las personas un salario digno, van a México sabiendo que básicamente pueden explotar el medio ambiente, explotar a las personas  y evitar pagar los costos ", dijo Wallach.

Los salarios más bajos han sido el factor más importante para que las empresas lleven sus empleos a México, en virtud del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, señaló Wallach, "pero para algunas industrias, particularmente las más altamente contaminantes, estoy seguro de que los costos ambientales son un factor más importante".

Las fábricas en Mexicali van desde gigantes que expulsan grandes nubes de humo a plantas de ensamblaje que parecen liberar poca contaminación. Y, si bien algunos residentes dicen que están preocupados por el impacto ambiental, las maquiladoras también son vistas como el principal motor económico de la ciudad.

En total, la ciudad cuenta con unas 180 maquiladoras. Éstas emplean a un estimado de 70 mil personas e impulsan el resto de la economía fronteriza.

Las fábricas producen una amplia variedad de productos que se envían a través de la frontera y se venden en los Estados Unidos, y que van desde piezas de aviones, cartuchos de impresoras, calentadores de agua, acondicionadores de aire, suministros médicos, herramientas, materiales para techos, archiveros, joyas, lámparas, semiconductores para teléfonos móviles, papel higiénico, cajas de cartón, barras de refuerzo de acero, autopartes y otros artículos de plástico, piezas metálicas y productos electrónicos.

Los productos se venden bajo marcas como Rheem, Bosch, Honeywell y Panasonic, entre otras. LG Electronics ensambla televisores. Rubbermaid de Newell Brands fabrica bolígrafos y marcadores. Aqua Lung elabora equipos de buceo.

Los productos cruzan la frontera en camiones, y algunos de ellos terminan en las tiendas estadounidenses, como The Home Depot, Walmart y Staples.

Para investigar cuánto están contaminando las plantas industriales en Mexicali y qué medidas están tomando estas empresas para limitar sus emisiones, los periodistas de The Desert Sun entrevistaron a funcionarios gubernamentales, empresarios y expertos de ambos lados de la frontera, y se comunicaron con un total de 34 compañías por correo electrónico para solicitar visitas a las instalaciones.

Las corporaciones incluían multinacionales con sede en Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Alemania, así como empresas mexicanas.

Catorce compañías respondieron, y la mayoría se negó a permitir una visita o informaron que no era posible por el momento. Algunos dijeron que estaban refiriendo la solicitud a otros gerentes. Otras tantas comentaron que las fotos no están permitidas, debido a acuerdos de confidencialidad con los clientes a los que abastecen.

Sólo dos empresas accedieron a permitir visitas dentro de sus fábricas.

El auge de las maquiladoras

Mexicali emergió como una potencia industrial desde hace décadas con la llegada de compañías estadounidenses que buscaban aprovechar la mano de obra barata y los incentivos gubernamentales.

Las fábricas comenzaron a aparecer en la década de 1960, cuando miles de mexicanos regresaban a sus hogares después de trabajar en granjas en los Estados Unidos. Los norteamericanos acababan de eliminar el Programa Bracero, que durante más de dos décadas había llevado a los trabajadores mexicanos a laborar temporalmente en los campos de cultivo de Estados Unidos, lo que les permitía enviar dinero a sus hogares.

México quería el apoyo de sus vecinos para crear empleos que atrajeran a estos trabajadores, por lo que el gobierno mexicano lanzó el Programa de Industrialización de Fronteras y así nacieron las maquiladoras.

Bajo este sistema, las compañías estadounidenses estaban exentas de los aranceles de importación sobre las materias primas y los equipos de fabricación que traían a México, siempre y cuando enviaran los productos terminados de regreso al otro lado de la frontera para venderlos. Los Estados Unidos cobraban un solo impuesto sobre una fracción del valor de las exportaciones creadas en el proceso de fabricación.

Al principio, las industrias que florecieron incluían los textiles y la electrónica. Los fabricantes de autopartes también abrieron plantas. Una planta fabricaba juguetes para Mattel.

Las fuerzas del capitalismo de libre mercado, incluyendo el impulso constante para maximizar las ganancias y reducir los costos de producción, llevaron a más y más compañías a mirar hacia el sur de la frontera. Las fábricas proliferaron en un ‘boom’ durante los años ochenta. Buscando fomentar una mayor inversión, México extendió el programa de maquiladoras más allá de la región fronteriza a todo el país. Pero incluso entonces, muchas maquiladoras se quedaron cerca de la frontera para estar cerca del mercado de los Estados Unidos.

"Estas son industrias que forman parte de una cadena de valor vinculada a la producción, la fabricación en los Estados Unidos y en otros lugares", expuso Jim Gerber, profesor emérito de economía en la Universidad Estatal de San Diego. "Y, por lo tanto, desean estar cerca de los Estados Unidos para reducir el tiempo y el costo de transporte".

Un estudio de las maquiladoras de Mexicali en 1988, que se describió en un informe de 1990, encontró que había unas 100 fábricas en la ciudad en ese momento. Incluían 10 plantas de electrónica, 25 plantas de autopartes, 17 plantas textiles y 9 plantas elaboradoras de plásticos, entre otras.

A lo largo de los años, la combinación de empresas evolucionó con los cambios en el comercio mundial y el ascenso de China como una potencia de fabricación dominante. Las plantas textiles y algunos tipos de producción de equipos electrónicos se reubicaron en Asia, mientras que las compañías comenzaron a buscar en la frontera con México por otro tipo de industrias.

El número de fábricas siguió creciendo después de que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte entró en vigor en 1994 y eliminó los aranceles.

Desde 1993, las importaciones de Estados Unidos desde México han crecido 687 por ciento. México exportó más de 400 mil millones de dólares en mercancías a nivel mundial el año pasado, y cerca de tres cuartos de esos bienes, 314 mil millones de dólares, fueron enviados a los Estados Unidos.

Mexicali tiene menos maquiladoras que Tijuana, que según un directorio de empresas, tiene un total de 476, pero sigue siendo uno de los centros de fabricación más grandes en la frontera.

La mayoría de las industrias de Mexicali están dirigidas por empresas estadounidenses, seguidas por empresas mexicanas y empresas de Corea del Sur, Japón y Europa.

Algunos gerentes de negocios dicen que el impulso del presidente Donald Trump para renegociar el TLC generó incertidumbre durante los últimos dos años y frenó temporalmente las nuevas inversiones en las maquiladoras en México.

El recién renegociado acuerdo comercial, que Trump denominó Acuerdo de Estados Unidos-México-Canadá (USMCA por sus siglas en inglés), se firmó el 30 de noviembre, pero aún debe ser ratificado por el Congreso y las legislaturas de México y Canadá.
Algunos de los mayores cambios en el acuerdo afectarán a la industria automotriz. El acuerdo eleva el porcentaje de piezas de vehículos que deben fabricarse en América del Norte para el comercio libre de aranceles, y se implementa un requisito para que algunos trabajadores de la industria automotriz ganen salarios mínimos más altos.

Pero para muchas otras industrias, es poco probable que el nuevo acuerdo traiga cambios importantes que afecten las decisiones sobre la apertura de fábricas en México. Incluso mientras se negociaba el acuerdo comercial, algunas compañías siguieron adelante con los planes de expansión en Mexicali.

En 2016, Honeywell Aerospace, con sede en Phoenix, Arizona, anunció que invertiría 15 millones de dólares en tecnología de un túnel de viento en su planta de Mexicali.

En febrero, el fabricante de suministros médicos Medline, con sede en Northfield, Illinois, realizó una ceremonia de inauguración de una nueva planta en Mexicali. La compañía dijo que seleccionó la ciudad por su ubicación estratégica, su fuerza laboral calificada y su entorno comercial estable.

La empresa fabricará equipos quirúrgicos y dispositivos médicos. Se planean invertir 118 millones de dólares.

Los promotores de la ciudad están felices por ello.

"A comienzos del próximo año, van a comenzar su operación. Serán 3 mil empleos, es enorme", comentó Arnulfo Martínez, director ejecutivo de la Comisión de Desarrollo Industrial de Mexicali. Su organización promueve la ciudad y está financiada por el ayuntamiento y empresas.

El grupo de desarrollo económico también ha estado atrayendo más inversiones de compañías aeroespaciales, que ya incluyen fabricantes estadounidenses como UTC Aerospace Systems y Gulfstream Aerospace.

"Aerospace es grande para nosotros", dijo Martínez. "Están capacitando gente aquí, ingenieros, técnicos".

Las estadísticas de su grupo muestran que el negocio está en auge. En 2017, Mexicali registró 865 millones de dólares en inversión privada, un 55 por ciento más que el año anterior. La comisión indicó que se crearon alrededor de 2,900 nuevos empleos el año pasado.

Líderes empresariales y funcionarios del gobierno mexicano niegan que las compañías estén llegando a la frontera para contaminar. Dicen que las regulaciones ambientales de México son en muchos casos similares a las de los Estados Unidos. Y cuando las empresas deciden abrir una planta en Mexicali, los ejecutivos citan públicamente otras razones, como el ahorro en costos laborales, la cercanía a los Estados Unidos y predios más  económicos.

El costo salarial total para cada trabajador de las maquiladoras de nivel inicial es generalmente entre 2.50 y 3 dólares por hora, mientras que los costos para los empleados con más capacitación técnica a menudo van de los 4 a 5 dólares por hora.

Algunos trabajadores ganan menos.

Nancy Moreno Zavala trabaja el turno de noche en una fábrica que elabora máscaras de oxígeno médicas. Vive en una casa de bloques de cemento con sus padres, sus tres hermanos y su hija de 2 años, Milagros.

Ella gana 145 pesos, o 7 dólares, por día, aproximadamente 60 dólares por semana. Con eso, compra comestibles, pañales y leche para su hija. Ella puede ayudar a sus padres con las facturas de electricidad y agua, pero eso es todo.

“No es lo suficiente como para vivir”, señala la joven.

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Luis Raudel cannot go outside due to air pollution and grass farmers fear for their daughter. Cities on the U.S.-Mexico border suffer in a toxic haze. The pollution is making people sick and cutting lives short, yet polluters face little enforcement. Zoe Meyers, Palm Springs Desert Sun

Moreno vive cerca de una fábrica que confecciona rollos de papel para techos de asfalto. Es propiedad de la empresa mexicana Industrias Zahori. Todo lo que separa a su vecindario de la planta es una franja baldía. El humo y los vapores corrosivos a menudo llegan flotando en la brisa.

La hija de 2 años de Moreno, Milagros, nació prematuramente a las 27 semanas y algunas veces se enferma por la contaminación del aire.

La niña en una ocasión batallaba tanto para respirar que se puso morada. Nancy llevó a su hija al hospital, donde la pusieron en un nebulizador y se recuperó.

"Los doctores me han dicho que tengo que cuidarla demasiado", señaló Moreno, mientras estaba de pie fuera de su casa y sosteniendo a Milagros en sus brazos.

Ella dijo que la salud de la pequeña sigue siendo frágil. Moreno mantiene las puertas y ventanas cerradas para tratar de bloquear el aire sucio.

Industrias Zahori dice que la fábrica cumple con las regulaciones ambientales y tiene filtros que atrapan las partículas para que no se liberen al aire.

Pero en una tarde reciente, humo negro se elevaba hacia un lado de la planta sobre una granja donde Melecio Núñez cultiva bloques de césped, que vende para los jardines. Su esposa, Yojana Núñez Ramírez, cree que la pestilencia debe ser peligrosa para ellos y para su hija de 2 años.

A veces, cuando los gases son muy fuertes, dice que siente que su cabeza va a estallar.

Las raíces de la contaminación

Mexicali tiene su propio símbolo cultural, un arbusto del desierto con flores rosadas: la cachanilla o hierba flecha.

La mata es resistente y crece donde puede absorber suficiente humedad en esta parte del desierto de Sonora, uno de los lugares más calientes y secos de América del Norte. Tiene tallos fuertes y rectos que los indígenas solían utilizar para elaborar flechas y con la que los primeros habitantes del Valle de Mexicali solían construir sus chozas.

Las personas de Mexicali se llaman a sí mismas cachanillas, una referencia a su fuerza y dureza al vivir en un paisaje tan áspero.

A Ortega, profesora de la Universidad Autónoma de Baja California, le gusta el término y dice que refleja la sensación de que "se tiene que ser muy resistente".

El agua desviada del río Colorado ha llenado el Valle del desierto con exuberantes tierras de cultivo y ha permitido el crecimiento de Mexicali. Sin embargo, la ciudad se ha desarrollado de manera diferente al Valle Imperial, al norte de la frontera, donde predominan los agricultores.

“El Valle Imperial y Mexicali nacen con ese propósito de ser Valles agrícolas. El Valle Imperial sigue siendo un Valle agrícola. Ha respetado su vocación agrícola ”, apuntó Ortega. "No sé a quién se le ocurrió que el Valle de Mexicali podría ser industrial, seguramente a algún gobernante".

Ortega piensa que Mexicali se ha alejado de sus raíces agrícolas y promovió la industria manufacturera de manera mal concebida, causando una grave contaminación.

El campo alrededor de Mexicali todavía tiene muchas granjas que producen cultivos como el trigo y la alfalfa, así como grandes mataderos de ganado. Pero durante décadas, los gobiernos locales y estatales se han centrado sobre todo en atraer industrias.

Esos esfuerzos transformaron la ciudad mucho antes del TLC, desde los años 60 hasta los 80, recordó Ortega. Señaló que muchos de los parques industriales de la ciudad se construyeron años antes del Tratado, y dijo que el acuerdo comercial simplemente dio otro impulso a la tendencia.

Desde la década de 1990, los esfuerzos de los empresarios locales para promover la ciudad como 'Mexicali, Ciudad Industrial' han alimentado aún más el crecimiento de las fábricas, y las líneas de automóviles y camiones que obstruyen sus calles.

"Mexicali es una ciudad muy mal planeada", dice Ortega, quien se desempeña como catedrática en la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC.

"Yo nací en un Mexicali donde en la mañana veíamos hasta las montañas", recuerda Ortega. Veía uno todas las montañas que rodeaban al Valle. Ahora ya no es posible ".

Ella piensa que nunca tuvo sentido promocionar a Mexicali como un centro para industrias contaminantes por simples razones geográficas: la ciudad se asienta en una cuenca del desierto, donde el aire viciado queda atrapado y se acumula de forma natural.

A juzgar por el humo alrededor de las fábricas y las quejas que escucha, Ortega declaró que algunos de los mayores contaminadores parecen incluir fábricas de propiedad mexicana, que producen bienes como vidrio y materiales para techos. Otras plantas que producen enseres metálicos deben estar desechando aguas residuales contaminadas, dijo, pero lo que la gente ve y siente a diario es la neblina tóxica en el aire.

Ella declara que las autoridades del gobierno mexicano deberían hacer cumplir las leyes ambientales que están en los libros, pero regularmente no lo hacen.

“El problema es que la legislación no se cumple. La legislación mexicana es muy avanzada y es muy estricta, pero no se cumple, porque todo se soluciona con sobornos ”, señala Ortega.

Aunque sospecha que la corrupción es parte del problema, duda que las grandes multinacionales intenten sobornar a los funcionarios del gobierno. Las compañías extranjeras tienen canales oficiales para reportar cualquier solicitud de soborno, dijo, y cualquier queja probablemente llevaría a discusiones entre representantes del gobierno.

Para las personas en Mexicali, que están preocupadas por la contaminación, una de sus frustraciones es la falta de información sobre las emisiones tóxicas. Detrás de los muros y casetas de vigilancia de las maquiladoras, muchas compañías mantienen en secreto los productos químicos que almacenan en los tanques y la contaminación que liberan en el aire. Incluso cuando la información se envía a los reguladores gubernamentales, los datos específicos de las empresas sobre emisiones a menudo no son accesibles al público.

Algunos investigadores académicos dicen que las compañías estadounidenses y las multinacionales tienden a contaminar menos que las fábricas de propiedad mexicana y se esfuerzan más por cumplir con las regulaciones ambientales.

Gerber cree que los mayores problemas de contaminación tienden a no ser las maquiladoras de propiedad extranjera, porque están bajo un mayor escrutinio, sino más bien las pequeñas empresas que lidian con materiales tóxicos, como los talleres de automóviles que fabrican chapas de metal de cromo o parachoques de cromo. Apuntó que ese tipo de pequeñas empresas parece que apenas si están reguladas.

Los investigadores han descubierto que determinar cuánta contaminación generan las fábricas puede ser extremadamente difícil.

En la década de 1980, Roberto Sánchez Rodríguez, profesor de estudios ambientales en El Colegio de la Frontera Norte de Tijuana, investigó el uso de sustancias peligrosas en las maquiladoras de Mexicali.

En un estudio de 1990, él y otros investigadores utilizaron registros de importación de 34 fábricas, para evaluar los tipos de productos químicos y materiales que estaban usando. Dijeron que los compuestos orgánicos volátiles detectados en el Río Nuevo sugerían que los desechos peligrosos de las fábricas de tablillas de circuitos no se estaban desechando adecuadamente.

"Las maquiladoras están obligadas a exportar los residuos que no se tratan adecuadamente en México", señaló Sánchez Rodríguez. “A fines de los años 80 y principios de los 90, tuvimos algunas empresas que tiraban sus desechos en México. Es difícil decir cuánto de ese desperdicio ha sido realmente controlado".

Parte del problema, dijo, es que las agencias medioambientales mexicanas no tienen suficiente personal y no tienen capacitación debido a la falta de recursos, lo que les impide controlar de manera efectiva a las industrias.

"Se convierte en una especie de control voluntario", apuntó, "a pesar de que la ley lo exige".

Otros especialistas también han investigado las prácticas de los fabricantes de productos electrónicos a lo largo de la frontera.

En un estudio de 2007, las economistas Claudia Schatan y Liliana Castilleja, encuestaron los negocios de ensamblaje de productos electrónicos en las ciudades fronterizas de México y encontraron que casi la mitad de las 200 maquiladoras "no habían emprendido ninguna política ambiental activa".

También encontraron que había una aplicación limitada de las normas ambientales.

'Estamos creciendo'

Frente a la fábrica de Kenworth, camiones recién construidos son estacionados en una fila listos para ser puestos a la venta en México y los Estados Unidos.

Dentro de la planta de ensamblaje, las herramientas eléctricas zumban y resuenan. Los trabajadores conectan cables al chasis, mientras los brazos robóticos ensamblan las cabinas. Las luces brillantes se reflejaban en el piso de concreto pulido, donde los montacargas emitiendo su pito intermitente llevaban partes a la línea de ensamblaje.

"Nosotros actualmente estamos haciendo 67 camiones diarios", expuso el portavoz de la empresa Luis Machado, mientras caminaba por la fábrica. Dice que la planta pronto aumentará la producción a 73 camiones por día.

"Actualmente, estamos recibiendo muchas órdenes desde Estados Unidos", dijo Machado, mientras que trabajadores pasaban con carretillas cargadas con ventiladores y otras partes.

La planta es propiedad de PACCAR Inc., con sede en Bellevue, Washington, y fabrica no solamente los camiones Kenworth sino también vehículos Peterbilt.

La compañía planea este año producir alrededor de 17 mil camiones en la fábrica, incluyendo los de trabajo pesado, mediano y modelos más pequeños que se usan como camiones de basura.

“Seguimos contratando más gente. Estamos creciendo ”, asegura Machado.

La empresa cuenta con aproximadamente 2,800 empleados en Mexicali y cada semana alrededor de 30 nuevos trabajadores llegan para comenzar su capacitación. Pueden asignárseles  a la planta de ensamblaje o a las instalaciones de metalurgia contiguas, donde se cortan y sueldan las piezas, o a la planta de plásticos, donde se fabrican las partes externas del cuerpo del camión.

Algunas de las medidas de rendimiento clave del equipo se anuncian en una pizarra en la línea de ensamblaje -“Seguridad, Calidad, Entregas, Costo, Moral, Medio Ambiente”- y debajo de esas palabras hay espacios marcados con verde que indica el cumplimiento y en rojo que indica las violaciones.

La línea de ensamblaje está ordenada con líneas amarillas que marcan senderos para caminar en el piso y pantallas de televisión que muestran recordatorios para los trabajadores, incluyendo "No olvides apagar las luces de la unidad".

Dentro de la planta de plásticos, el aire apesta a resina fresca. Los trabajadores llevan máscaras y trajes de protección blancos, mientras que cortan cubiertas de fibra de vidrio con un sistema de chorro de agua a alta presión.

Las chimeneas de la fábrica, asegura Machado, se encuentran en un área donde las piezas recién pintadas pasan a través de un horno de secado.

PACCAR tiene plantas de fabricación de camiones en todo el mundo: en Canadá, Brasil, Australia, Holanda e Inglaterra, así como plantas en Estados Unidos, en Ohio, Texas, Washington y Mississippi.

El proceso de fabricación en Mexicali, dice Machado, es similar al proceso en las fábricas de la compañía en Chillicothe, Ohio, y Denton, Texas.

Sin embargo, el sistema de supervisión ambiental es diferente en México.

Una base de datos del gobierno mexicano muestra que Kenworth ha reportado emisiones de contaminantes del aire, como estireno, dióxido de nitrógeno, plomo, níquel, mercurio, cromo, cadmio y arsénico.

La misma base de datos federal muestra que Kenworth también ha reportado descargas de aguas residuales con contaminantes que incluyen arsénico, cadmio, cianuro, cromo y mercurio.

La compañía dice que sus emisiones de contaminación han sido mínimas y dentro de los límites legales de México.

"Es una empresa 100 por ciento limpia", expone Enrique Guerrero, gerente de control ambiental de la fábrica. “Esta planta Kenworth tiene procedimientos muy firmes”.

La empresa no permitió fotografías dentro de la planta, pero sí permitió tomar fotografías de las afueras, incluso en las dos plantas de tratamiento de aguas residuales de la fábrica. Una planta toma aguas residuales regulares y la otra trata aguas residuales industriales. La empresa reutiliza el efluente de su propiedad.

"Todo se trata y se utiliza para regar estas áreas aquí", informó Guerrero mientras caminaba por una gran área de césped bordeada de flores y palmeras. “Nada descargamos”.

El directivo dice que la planta tiene un drenaje de desbordamiento, pero rara vez lo usa, probablemente sólo una o dos veces en los últimos cinco años. No pudo decir hacia dónde va el agua cuando se vierte, pero enfatizó que la compañía tiene autorización federal para usar el drenaje.

Las aguas residuales industriales que fluyen de la planta de Kenworth contienen restos de pintura, grasa, pequeñas piezas de fibra de vidrio y otros contaminantes que los trabajadores limpian de la maquinaria y el piso de la fábrica.

Cada tres meses, la compañía realiza un análisis de los residuos tratados para demostrarle al gobierno que la planta cumple con las regulaciones, señala Guerrero. La compañía informa sobre los contaminantes que aparecen en esa agua, algunos de los cuales fluyen hacia un estanque al lado de la planta.

En un césped donde los aspersores rocían las aguas residuales tratadas, una señal advierte que el líquido es "NO ES APTO PARA CONSUMO HUMANO".

A medida que las aguas residuales pasan a través de la planta de tratamiento, los sedimentos se depositan en el fondo y se bombean a un tanque grande. Héctor Javier Castañeda, quien trabaja en la planta, explicó que el lodo tóxico se presiona y exprime para eliminar el agua.

El material restante termina en tambos con la etiqueta "RESIDUO PELIGROSO". Dentro de uno de los tambores abiertos, los trozos de lodo seco parecen trozos de tierra en una parcela de tierra labrada.

La fábrica entrega los tambos a una empresa de gestión de desechos peligrosos certificada por el gobierno, que transporta los desperdicios a más de 400 millas de distancia a una instalación en Hermosillo. Allí, dijo Guerrero, los lodos se ponen en un horno de cemento y se queman junto con otros residuos.

“Se usa como combustible suplementario”, reveló el directivo. Dijo que la compañía en Hermosillo tiene un permiso para recibir desechos peligrosos y que debe cumplir con las regulaciones para las emisiones de sus chimeneas.

La práctica de quemar el lodo tóxico está permitida por los funcionarios del gobierno, apuntó, y está en línea con la política de la compañía de enviar menos del 0.5 por ciento de sus residuos a los vertederos.

La fábrica de Kenworth también participa voluntariamente en un programa de certificación federal llamado Industria Limpia, en el que la empresa demuestra al gobierno cada dos años que cumple con las normas ambientales.

“Si tuviéramos alguna violación, automáticamente nos sacarían del programa”, expone Guerrero. “Si no estuviéramos en cumplimiento de los códigos, no tendríamos licencia para funcionar”.

Un paraíso para industrias contaminantes

¿Son atraídas a México algunas empresas porque una supervisión ambiental más relajada hace que sea más posible contaminar que en los Estados Unidos?

Sara Grineski, profesora de sociología en la Universidad de Utah, ha estudiado esa pregunta y cree que las regulaciones débiles son uno de varios factores, junto con los costos laborales baratos y las poco estrictas reglamentaciones laborales, lo que atraen a las fábricas contaminantes hacia México.

Citó un par de ejemplos, entre ellos la construcción en 2003 de una central eléctrica de gas de propiedad estadounidense, que se encuentra cerca de Mexicali. La central, una de las dos que se inauguró al oeste de la ciudad en esa época, se construyó para generar electricidad principalmente para el sur de California. Grineski y su compañero investigador, Timothy Collins, escribieron que el caso mostraba cómo "la combinación de menores costos de producción, así como las laxas políticas ambientales y falta de aplicación de las normas, atrae a la industria".

Otro caso fue la planta química Solvay en Ciudad Juárez. La maquiladora opera desde 1979 y es una de las mayores productoras de ácido fluorhídrico del mundo, la cual se utiliza para fabricar refrigerantes y otros productos, desde herbicidas hasta bombillas fluorescentes.

Grineski dijo que la planta es la instalación más peligrosa en Juárez y su proceso de fabricación de productos químicos es "definitivamente algo que no podría hacerse en los Estados Unidos".

"A lo largo de los 30 años de historia de la planta en Juárez, ha habido muertes infantiles, escapes químicos que han resultado en cegueras e intentos fallidos de cerrar la planta", escribieron ella y otros investigadores en un estudio en el 2011. Dijeron que aunque los trabajadores y residentes se han quejado repetidamente sobre preocupaciones de seguridad y de salud, "el gobierno ha elegido, bajo presión económica, ignorar los problemas".

Citaron una fuga que liberó una nube de amoníaco en el 1999 y dijeron que la compañía ha arrojado desechos tóxicos de manera inadecuada junto a la planta. La corporación química ha negado repetidamente que esté causando una contaminación dañina o que ponga en riesgo a los trabajadores.

Sin embargo, los investigadores dijeron que la planta química es un ejemplo emblemático y que existe un problema generalizado de "poner las ganancias por encima de la salud pública".

Grineski dijo que debido a que la regulación ambiental es más flexible y de menores costos en México, es un factor que juega un papel importante en las decisiones de las multinacionales para abrir nuevas fábricas.

"Los reducidos controles ambientales son parte de una decisión más amplia que se basa en maximizar los beneficios", dijo. "No creo que las regulaciones sean tan diferentes, pero el cumplimiento real de esas regulaciones es muy distinto".

En otra investigación, Grineski y Collins dijeron que la aplicación de la ley ambiental se ve obstaculizada en México por factores que incluyen la falta de equipos de supervisión y capacidad técnica, y " agentes supervisores mal pagados que son fácilmente sobornados".

Si bien hay un debate sobre cuánto dañan el medio ambiente las maquiladoras, escribieron, "hay consenso en que el crecimiento general de la actividad industrial a lo largo de la frontera ha provocado una degradación ambiental y ha aumentado los riesgos para la salud".

Wallach, de Global Trade Watch Public Citizen, ha abogado por cambios en la renegociación del TLC para eliminar los términos que promueven la subcontratación de empleos fuera Estados Unidos y para fortalecer las normas laborales y las normas ambientales.

Ella comenta que el acuerdo propuesto hace algunas mejoras significativas, incluida la restricción drástica de un sistema para resolver disputas entre inversionistas y gobiernos. El sistema existente ha permitido a las empresas eludir los tribunales nacionales y demandar a los gobiernos ante paneles de abogados corporativos.

En un caso famoso en México, una compañía estadounidense de eliminación de residuos llamada Metalclad Corporation acusó a México de violar el TLC luego de que las autoridades decidieron no otorgar un permiso de construcción para una instalación de residuos peligrosos en el estado de San Luis Potosí. Los funcionarios locales le habían dicho a Metalclad, el cual le había comprado la propiedad a otro dueño, que la compañía tendría que limpiar primero los materiales peligrosos que se habían vertido previamente en el sitio.

La compañía ganó el caso en el 2000. El gobierno mexicano impugnó la decisión, pero finalmente pagó a la compañía alrededor de 16 millones de dólares en compensación.

Wallach elogió los cambios en el sistema de resolución de disputas, pero dijo que el Congreso debería hacer más para fortalecer la aplicación de las normas ambientales y laborales.

"Sé que es el caso de que México tiene algunas leyes bastante buenas en los libros. Simplemente no se hacen cumplir ", apuntó Wallach.

En un análisis del acuerdo, Public Citizen pidió una "aplicación rápida y segura" de las normas ambientales. El grupo dijo que tal como se mantiene el acuerdo propuesto, no contiene "nuevas salvaguardas para las políticas ambientales, de salud y otras de interés público".

A menos que el acuerdo final aborde dichos problemas, dijo Wallach, las compañías estadounidenses mantendrán la subcontratación de empleos para pagar salarios muy bajos en México, "y la misma contaminación ambiental y el vertido de toxinas continuarán".

En un día nebuloso típico en Mexicali, el hollín de las fábricas se mezcla con el polvo que se arremolina en las calles sin pavimentar y las columnas de humo que se elevan de los montones de basura que se queman.

El aire sucio flota por la valla fronteriza y pasa a través de la ciudad de Calexico, donde los residentes dicen vivir frustrados al lado de una ciudad donde la contaminación no está regulada de manera efectiva.

“Todo lo que no pueden hacer aquí, lo hacen de aquel lado”, señaló Marco Cisneros, un conductor de camión en Calexico, cuyo hijo sufre de asma.

John Hernández, un residente de Brawley que expresa su preocupación por la contaminación en ambos lados de la frontera, dijo que cree que no hay duda de que las compañías estadounidenses han instalado plantas en Mexicali, en buena parte, para aprovechar los controles de contaminación menos estrictos.

"Así es como se hacen los negocios", dijo Hernández. "Definitivamente así funciona".

"Donde hay ganadores, hay perdedores. "Y las comunidades desfavorecidas que viven a lo largo de las zonas fronterizas han sido las perdedoras en este asunto del TLC, en ambos lados de la frontera", aseguró Hernández. "Es una pena que nuestras comunidades sufran las consecuencias de hacer negocios aquí".

Los funcionarios del gobierno mexicano defienden su sistema de regulación ambiental y dicen que no creen que las compañías vengan aquí buscando escapar de los controles.

Alfonso Blancafort Camarena, el máximo funcionario de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) en Baja California, cree que las decisiones de las empresas para abrir maquiladoras se basan en otros factores, como los costos laborales y la proximidad a los Estados Unidos.

"No creo que escojan a México porque pueden contaminar aquí más de lo que pueden hacer en los Estados Unidos", expuso Blancafort. "La ley en México es bastante estricta, y lo razonan antes de venir aquí".

Ese argumento no es convincente para Jesús Román Calleros, un experto en agua de Mexicali. Afirma que es un problema que las grandes empresas rara vez enfrentan multas o sanciones por violaciones sobre la contaminación.

“En buena medida, eso se debe a que estas empresas son poderosas”, opinó el experto. “Económicamente son muy fuertes, y el gobierno no ha querido presionarlas tanto”.

Cuando se penaliza a una empresa por una infracción, dijo, la multa suele ser tan pequeña que no es un obstáculo efectivo. Tal como él lo ve, los funcionarios de desarrollo económico de México han tratado de atraer inversiones promocionando mano de obra barata, abundante tierra y agua, y electricidad a bajo costo, y han dejado en claro que las empresas no enfrentan restricciones ambientales.

"Ese ha sido el mensaje, un mensaje equivocado", dijo Calleros. En cuanto a las empresas, afirma, “ven que el gobierno no les va a decir nada. Y eso no debe ser”.

Sirviendo a las maquiladoras

Dentro de un enorme almacén en el Parque Industrial El Dorado, personas con ropa de oficina informal y gafetes de la compañía colgados de sus cuellos, se reunieron alrededor de estantes llenos de herramientas eléctricas, unidades de refrigeración portátiles, cascos y gafas de seguridad.

Mexicali Supply Expo es una feria comercial para las industrias de la ciudad, con compañías que abastecen y brindan servicios a las maquiladoras. Entre los presentadores se encontraban fabricantes de maquinaria, empresas de seguridad, empresas de embalaje, vendedores de equipos de comunicación, empresas de limpieza y una compañía que se especializa en pintar piezas metálicas.

Una de las exhibiciones más grandes mostraba un bosquejo de un gran estadio de béisbol hecho de cartón, erigido por Smurfit Kappa, una compañía de empaque global. Los visitantes sonreían mientras posaban junto al estadio, acompañados de una persona disfrazada de águila: ‘Lucho, El Aguilucho’, la mascota del equipo de béisbol local Águilas de Mexicali.

Smurfit Kappa fabrica cajas de cartón que acaban usándose para embalar muchos de los productos de exportación de la ciudad, incluidos los paneles solares, las herramientas, las piezas de automóviles, lámparas, y el tóner para impresoras que venden Office Depot y Staples.

En otra pantalla, los brazos de un robot se reflejaban una luz azul y se flexionaban con movimientos suaves, simulando una línea de ensamblaje.

Algunas de las compañías vendían artículos de alta tecnología, mientras que otras anunciaban servicios de consultoría o productos como adhesivos o uniformes. También había pequeños fabricantes que elaboran piezas para maquiladoras más grandes.

Bill Jordan, el CEO de Allied Tool & Die Company, llevaba una camisa blanca con el logo de su compañía bordado en el bolsillo.

Extendidos en una mesa frente a él se encontraban piezas de metal de diferentes formas y tamaños (“soportes, componentes de solenoide, retenedores, compartimentos”) que su empresa fabrica bajo contrato para fabricantes de aviones.

La compañía Jordan, con sede en Phoenix, Arizona, también fabrica piezas de antenas para la industria de las telecomunicaciones y piezas para las industrias automotriz y médica.

Su abuelo fundó la empresa como una pequeña tienda de máquinas en 1951.

En 2008, Jordan comenzó a estudiar el inicio de una operación en Mexicali. Dos años después, inauguró la planta de fabricación en Mexicali.

"Tenía sentido estar en la misma ciudad donde está la gente para la que estás haciendo partes", apuntó Jordan. "Me gusta Mexicali. Ha sido bueno para mí ".

La creación de su negocio como maquiladora le permitió a la empresa importar equipos libres de impuestos.

Estar a cuatro horas en automóvil de la sede de Allied en Phoenix fue una ventaja. Otras de las razones por las que Jordan eligió Mexicali fue por la relativa seguridad en comparación con otras áreas de México y por los ahorros en la nómina.

“El gran ahorro es el costo laboral. Por eso vienes", explicó Jordan.

Además de los 90 empleados de su compañía en Phoenix, 10 empleados trabajan en la planta de Mexicali, y Jordan está satisfecho con su fuerza laboral.

En cuanto a la regulación ambiental en México, Jordan señaló que es "probablemente de la misma intensidad que California, más intensa que Arizona, desde mi punto de vista".

Dijo que completar el papeleo en México toma más tiempo.

Los inspectores han visitado la planta y han realizado auditorías. Jordan dijo que su planta no libera ninguna contaminación al aire o aguas residuales industriales, por lo que cumplir con las normas es relativamente sencillo.

Los trabajadores de la planta de Allied utilizan aire comprimido para la maquinaria que corta, forma y dobla el metal. A medida que se fabrican piezas de aluminio, acero inoxidable y aleación de níquel, los residuos sobrantes se componen de "virutas" de metal, cubiertas de aceite. La compañía vende los residuos a un reciclador con licencia, e informa los detalles a los reguladores mexicanos.

"El residuo aceitoso en las virutas en México se considera un residuo peligroso", expone Jordan, y agregó que los residuos se controlan más estrictamente allí que en Arizona, donde el aceite sobrante no se trata como un residuo peligroso.

Cuando una empresa solicita un permiso para abrir una fábrica en México, debe presentar un estudio ambiental que detalle su proceso de fabricación, sus emisiones y los residuos que generará.

En la mayoría de los casos, una fábrica contrata a un consultor cada año para certificar sus emisiones y envía esa información a los reguladores gubernamentales.

La planta de Allied Tool & Die, es una de las muchas empresas de propiedad extranjera que operan bajo la cubierta de una compañía “shelter” o “negocio foráneo” mexicano. El acuerdo permite a los fabricantes fundar un establecimiento bajo una entidad legal mexicana, sin pasar por el costoso proceso de fundar su propia compañía local, y les da acceso para participar en el programa de maquiladoras, a través de esa compañía “shelter”.

Jordan dijo que crear una compañía local por su cuenta habría sido demasiado costoso. Por otro lado, su compañía habría tenido que pagar un impuesto del 16 por ciento para importar equipos y materias primas.

En cambio, la empresa que opera bajo el esquema shelter, maneja todo tipo de trabajo administrativo, incluyendo recursos humanos, nómina, permisos y cumplimiento con las reglas de importación.

Jordan dijo que todo eso hace que crear negocios aquí sea rentable y ayuda a su compañía a competir por los contratos.

"Si no fuera por el programa de negocio foráneo", señaló, "sería mucho más difícil vender la idea y convencerme para venir aquí".

Empresas shelter

Allied Tool & Die trabaja con la empresa shelter IVEMSA, que se anuncia a sí misma como un socio que ayuda a las empresas extranjeras a reducir el riesgo y la responsabilidad a terceros.

En su sitio de internet, la compañía dice: “Actívese en México en cuestión de meses, estableciendo sus operaciones de fabricación bajo nuestro paraguas shelter. Todas las ventajas de fabricar en México, pero sin las molestias que ello le conllevaría". La empresa promete ayudar a las agrupaciones a cumplir con las regulaciones y evitar multas.

Roberto Durazo, director de desarrollo comercial de IVEMSA, explicó que la compañía ayuda a las empresas extranjeras a encontrar las instalaciones adecuadas, reclutar trabajadores y "navegar por las aguas mexicanas".

"Somos una ventanilla única para que cumplan con todas las regulaciones en México: mano de obra, contabilidad, administración, importación-exportación y medio ambiente", dice Durazo. "Casi cubrimos toda la burocracia para que puedan concentrarse en la fabricación".

La firma cuenta con más de dos docenas de clientes. Durazo explicó el negocio en una entrevista, sentado en una mesa de juntas dentro de una oficina al lado de varias fábricas.

“En el papel, para el gobierno mexicano la compañía de los Estados Unidos no existe. Es IVEMSA de México", dijo Durazo. ‘De esa manera tienen una exposición mínima".

Una vez que las empresas se han establecido después de varios años de delegar el trabajo administrativo, algunas deciden ser completamente independientes y establecer su propia entidad con sede en México.

A nivel nacional en México, hay más de 5 mil empresas con maquiladoras inscritas en el programa del gobierno, que importan materias primas libres de impuestos y exportan sus productos a los Estados Unidos y al resto del mundo.

Durante los últimos dos años, el impulso de Trump para renegociar el TLC, que argumentó que estaba afectando la fabricación nacional, creó una nueva incertidumbre para las empresas estadounidenses con fábricas en México. El esfuerzo por reescribir el pacto comercial coincidió con los nuevos aranceles estadounidenses sobre el acero de México y Canadá, y durante las negociaciones algunas compañías estadounidenses adoptaron un enfoque de esperar y ver y optaron por realizar sólo modestas expansiones en sus operaciones mexicanas.

Sin embargo, no dejaron de invertir en nuevas fábricas. La firma de Durazo llegó a acuerdos el año pasado para comenzar a trabajar con cuatro empresas estadounidenses que están abriendo plantas en México. Y, con la relación entre Estados Unidos y México que ahora parece estar en una posición más positiva, dijo Durazo, la mayoría de las empresas están avanzando nuevamente con planes de inversión a lo largo de la frontera.

El cumplimento de las regulaciones ambientales no es costoso, expuso Durazo, y "no es algo de lo que las empresas se quejan".

Las compañías que operan bajo el sistema shelter ayudan a un cliente recién llegado a preparar su estudio ambiental para comenzar a hacer negocios. Una vez que la maquiladora está funcionando, se contrata a un consultor independiente para medir las emisiones y preparar informes para el gobierno.

Los inspectores mexicanos lo describen como un enfoque de “autorregulación”. Durazo dijo que el gobierno alienta eso, porque las agencias no tienen el personal para hacer auditorías y visitar físicamente todas las instalaciones.

Como parte de sus servicios, la empresa “shelter” trabaja con otro consultor, Consorcio Ambiental, que supervisa el cumplimiento de las empresas con las normas ambientales. Si un inspector del gobierno anuncia una visita, la maquiladora llamará a la empresa “shelter” para que los representantes puedan estar disponibles para asegurarse de que todo salga bien.

Los registros publicados por la agencia reguladora ambiental del estado muestran que las multas por violaciones han sido poco frecuentes para las grandes empresas en Mexicali durante los últimos dos años. Muchos de los multados han sido pequeñas empresas locales u operaciones de reciclaje.

Durazo apuntó que no está claro cuántas fábricas de Mexicali en general siguen estrictamente las reglas y hasta qué punto las empresas de propiedad mexicana están cumpliendo.

"Pero lo que puedo decirles es que dentro de una estructura shelter, ya que muchas compañías comparten una licencia y un permiso, nos aseguramos de que todos cumplan", aseguró Durazo.

Una violación podría afectar tanto a la compañía shelter como a las otras compañías que operan bajo sus permisos.

"La mayoría de las maquiladoras realmente siguen los estándares", dijo Durazo. "Estoy seguro de que aquí no es tan estricto como California, pero lo que puedo decirles es que una empresa no puede venir aquí y hacer lo que quiera sin seguir las reglas".

Dijo que no cree que las compañías vengan a México para evadir la regulación y contaminar más libremente. Como él lo ve, Mexicali es simplemente un buen lugar para hacer negocios.

Viviendo en el mismo aire

En partes de Mexicali, las fábricas y los barrios se construyeron uno al lado del otro, sin ningún espacio para separarlos.

Las chimeneas de la fábrica de Envases de Vidrio (Fevisa) se elevan sobre hileras de casas y caminos sin pavimentar en Ejido el Choropo, justo al sur de la ciudad, donde los niños andan en bicicleta pasando a los perros ladrando y las cercas de alambre.

La compañía con sede en Mexicali fabrica botellas de vidrio, y los sonidos del vidrio tintineante resuenan desde la planta y se desplazan hasta los patios de las casas al lado de su pared exterior.

De pie frente a su casa, Domitila Razo pasó dos dedos por el polvoriento parabrisas de una vieja camioneta Nissan.

"Esto es poquito pero queda blanco, blanco este polvo", dijo Razo. Señaló que mirando de cerca el polvo en el parabrisas, brilla bajo el sol.

“No sabemos qué es”, comentó. "Pero así nos amanece".

Explicó que ha tendido una lona en el patio al lado de su lavadora para tratar de mantener el polvo alejado de la ropa mientras se está secando.

Razo dijo que quería ir a hablar con la gente de la planta sobre el polvo, que ella sospecha que viene de la fábrica y se está quedando en su patio. Ella indicó que el polvo es irritante y se pregunta si está perjudicando la salud de su familia.

Martín Cueva, director de operaciones de la compañía, respondió las preguntas de The Desert Sun por correo electrónico. Escribió que Fevisa mantiene una relación cercana con los residentes del vecindario, y "no hay una queja en las operaciones de la empresa, mucho menos de afectaciones a la salud de los residentes".

Cueva apuntó que la compañía, que produce botellas para refrescos, cerveza, vino y productos alimenticios, usa gas natural como combustible, obtiene su energía de energía geotérmica y no descarga aguas residuales industriales. Explicó que la compañía cumple con las regulaciones ambientales federales de México y con las "exigencias de calidad y cuidado del medio ambiente más severas de la industria".

Cueva dijo que la compañía tiene una lista de certificaciones internacionales, incluida una certificación para gestión ambiental llamada ISO 14000. Y que las industrias mexicanas son una importante "fuente de desarrollo e impulso de la región" para la economía del área.

Cuando se le preguntó sobre el polvo blanco y las inquietudes expresadas por algunos vecinos, el directivo comentó que el personal de la compañía ha hablado con la gente del área al respecto, que se tomaron muestras de polvo y se enviaron a un laboratorio certificado para su análisis.

“Nos entrevistamos con las personas interesadas en conocer de nuestras operaciones, se tomaron y mandaron muestras a un laboratorio certificado y la conclusión fue que el polvo estaba constituido por los elementos propios del desierto”, comentó. “Las calles del poblado son de tierra suelta y al transitar vehículos esta se levanta, o al soplar fuerte el viento igualmente dicho fenómeno se da en toda la zona”.

Algunos residentes dicen que ven la planta de Fevisa como un buen vecino.

“No tengo ningún problema. Vivo tranquila. Respiro aire puro ”, dijo María Susana Ramos, una estilista que vive a pocas cuadras de la planta. Ella mencionó que ha hablado con muchos vecinos y que visitó la escuela primaria local y "no hay ninguna queja de salud".

Muchas personas en el barrio trabajan en la planta de Fevisa. Ramos dijo que la compañía ayuda en la comunidad manteniendo su campo deportivo y donando uniformes de fútbol para los niños, entre otras cosas.

"Siempre nos han apoyado", señaló Ramos. “No tengo quejas”.

Pero Razo dijo que está preocupada.

“El polvo siempre es molesto”, indicó Razo. “Ojalá que hagan algo”.

Ella y su familia llevan 22 años viviendo en su casa. Su madre, Sara Mendoza, murió hace años de un tumor cerebral, y ahora Razo vive aquí con su hijo de 13 años, su esposo, que trabaja en otra fábrica y su padre de 86 años.

Al otro lado de la calle de su casa de madera, un columpio de llanta cuelga de un árbol palo verde, junto al patio cercado de un jardín de niños. Más allá está la escuela primaria.

La proximidad de las escuelas a la fábrica fue discutida entre los vecinos hace varios años, cuando la compañía instaló un nuevo horno, recordó Razo.

"Fevisa anduvo queriendo mover el kínder", expuso Razo. "Pero la gente no quiso".

Razo dijo que la compañía ha expresado interés en comprar la casa de su familia. El año pasado, un hombre de la fábrica vino y le preguntó a su padre si la vendía.

Su padre le dijo que les pedía 600 mil pesos, o alrededor de 31 mil dólares. Hasta ahora, la compañía no les ha hecho una oferta.

Rosalie Murphy contribuyó a este informe.

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