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Tras arribar a la capital mexicana, debaten si aceptan las ofertas para quedarse en el país o continúan su marcha a la frontera con Estados Unidos

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CIUDAD DE MÉXICO – Miles de migrantes centroamericanos decidieron tomarse un par de días para descansar en un estadio deportivo de la Ciudad de México mientras debaten si aceptan las ofertas para quedarse en el país o continúan su marcha a la frontera con Estados Unidos.

Los cerca de 4.500 migrantes se encuentran congregados en el estadio Jesús Martínez tras un arduo periplo que los llevó a recorrer tres países en tres semanas. Ante la incesante llegada de personas, las autoridades de la capital mexicana señalaron que esperan hasta 5.500 migrantes en el complejo deportivo.

El miércoles por la mañana, los migrantes se alinearon mucho antes de que se abriera el comedor a las 8 de la mañana. Los trabajadores descargaban cajas de botellas de agua y bandejas de comida debajo de una gran tienda.

Cuando llegaron las donaciones de ropa, muchos se apresuraron a clasificar las pilas en busca de pantalones largos y mantas más abrigadas.

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Los miembros de la caravana, a la que el presidente estadounidense Donald Trump convirtió en un tema central de la campaña de las elecciones de mitad de periodo, rechazaron tomar una decisión inmediata sobre la continuidad de su marcha hacia el norte.

México ha ofrecido refugio, asilo o visas de trabajo a los migrantes. El gobierno dijo que emitió 2.697 visas temporales a individuos o familias mientras esperan la resolución del proceso de solicitud de un estatus permanente, que se demora unos 45 días.

Ángel Eduardo Cubas, de 28 años, se sentó en la base de una escultura industrial en el exterior del estadio. Su hija de 2 años y su hijo de 6 años dormían a su lado completamente cubiertos por mantas que los protegían del frío de la mañana.

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Cubas era guardia de seguridad en una escuela bilingüe en La Ceiba, Honduras, donde su hijo asistía de forma gratuita y aprendió inglés. Junto a su esposa y los niños pasaron cuatro días perdidos en el estado de Veracruz después de subirse a un transporte que los separó de la caravana. Hubo incluso un período de 24 horas en el que Cubas se separó de su esposa e hijos y temió que hubieran sido secuestrados.

“Es feo andar buscando”, dijo.

Una vez reunidos durmieron en estaciones de autobuses y aceptaron alimentos donados hasta que lograron arribar al estadio.

La familia decidió irse de su país cuando se enteró de la caravana y quiere llegar a Florida.

La extorsión de las pandillas le hacía imposible a Cubas mantener a su familia en Honduras. “Estaban cobrando una tarifa semanal solo por vivir y si no pagabas, te daban 24 horas”, dijo. La familia se quedará en la Ciudad de México hasta que la caravana decida moverse.

Mientras, cientos de empleados municipales y voluntarios clasificaban donaciones y dirigían a los migrantes hacia lugares donde encontrar comida, agua, pañales y otros elementos básicos. Los migrantes rebuscaban entre la ropa donada, tomaban leche para los niños y hacían fila para hacer rápidas llamadas a sus casas en un puesto de la Cruz Roja.

Los empleados de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México registraron a los recién llegados con datos biográficos, como la edad y el país de origen, y les colocaron pulseras amarillas en la muñeca para mantener un conteo.

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Las hondureñas María Yesenia Pérez, de 41 años, y su hija de ocho llegaron al estadio durante la noche y tuvieron que dormir sobre la hierba en el exterior porque no había espacio en las cuatro grandes tiendas de campaña instaladas por las autoridades. Algunos migrantes levantaron cobertizos improvisados con madera contrachapada cubierta con mantas y lonas. Cuarenta retretes portátiles estaban dispersos sobre el césped.

Varias caravanas de migrantes más pequeñas se encuentran a cientos de kilómetros al sur. El alcalde de la Ciudad de México, Ramón Amieva, dijo que la ciudad tiene que “reforzarse” para cubrir las necesidades de los migrantes, especialmente de los niños y las mujeres embarazadas.

El mercado central de la capital proporcionó 3,5 toneladas de bananas y guayabas para alimentar a la multitud, además de 600 botellas de agua. La Comisión de Derechos Humanos dijo que tiene previsto habilitar más tiendas de campaña y zonas para comer.

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Llagas, deshidratación y fiebre son las dolencias más comunes de los migrantes en la caravana, cada vez más debilitada, que recorre estos días México EFE, La Voz

Muchos migrantes recibieron tratamiento para las ampollas y dolores de pies, infecciones respiratorias, diarrea y otras enfermedades.

Trump ha descrito a la caravana como una amenaza importante, ordenó la movilización de miles de soldados a la frontera entre Estados Unidos y México, amenazó con detener a quienes ingresen ilegalmente y hasta llegó a insinuar, sin pruebas, que entre los migrantes viajaban delincuentes e incluso terroristas.

Nora Torres, de 53 años, se sentó a comer unas galletas y preguntó sobre las elecciones en Estados Unidos. “¿Cómo le fue (a Trump)? ¿Le fue bien o le fue mal?”.

Su objetivo no es llegar a Estados Unidos. Aunque tiene un hermano en Houston, sabe que sus posibilidades son escasas. “Claro que me gustaría entrar en los Estados Unidos si hubiera la oportunidad, pero sabemos que es muy difícil”, dijo.

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La mujer quiere llegar a la frontera mexicana porque escuchó que allí hay empleos con mejores salarios.

“Yo no sé por qué es tan racista”, dijo Torres sobre Trump. “Estados Unidos nos necesita a nosotros los hispanos por la mano de obra que es más barata. Porque a nosotros los hispanos nos pagan menos que los americanos y hacemos cualquier trabajo”.

“Entonces, ¿por qué nos discriminan?”, se preguntó la mujer de Puerto Cortes.

En docenas de entrevistas desde que la caravana inicial partió de Honduras hace más de tres semanas, los migrantes han dicho que escapan de la pobreza y la violencia desenfrenada en sus países de origen. Algunos se han visto obligados a emigrar porque fueron amenazados por miembros de pandillas o porque perdieron familiares por la violencia de esos grupos. Otros ansían conseguir un empleo que les permita asegurar una buena educación para sus hijos y enviar dinero a sus familiares.

Kenia Johana Hernández, de 26 años y que viaja con su hija de 2 años, una cuñada y un sobrino, estaba sentada en el estadio leyendo una pequeña biblia. La trabajadora agrícola del departamento de Colón dijo que como madre soltera no podía vivir en su país. Su salario no era suficiente para pagar el cuidado de la niña, la electricidad y el alquiler. Ella no pudo estudiar, pero quiere darle esa oportunidad a su hija.

“Primera y espero última vez”, dijo sobre su intento de llegar a Nueva Jersey, donde vive su madre.

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