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El turno de Rhonda: De niña me aconsejaban con frecuencia que diera lo mejor de mí, que me esforzara mucho y que dejara que los resultados hablen por mí. Implícitamente y de manera innata entendía que se me juzgaría por mi carácter y los resultados. Francamente, nunca se me ocurrió juzgar a los demás bajo otro patrón.

Imagine mi sorpresa cuando un oficial nos pidió detener el auto cuando Lorenzo y yo nos dirigíamos a casa de regreso de Tucson. No íbamos por encima del límite de velocidad. No habíamos estado tomado alcohol. Tampoco habíamos estado cambiando de carriles; ni habíamos estado hablando por celular. Simplemente íbamos en auto.

Lorenzo era quien conducía y me pidió que sacara la tarjeta del seguro y la información de la matrícula del vehículo de la guantera. Cuando el oficial se acercó al auto, miró a Lorenzo. Luego a mí. Pidió la licencia, la matrícula y la tarjeta del seguro. Lorenzo le entregó los documentos. El oficial luego preguntó de dónde veníamos y hacia dónde nos dirigíamos. Lorenzo respondió y el oficial le dijo que le había pedido que se detenga porque uno de los focos de la placa del auto no estaba funcionando.

Yo no lo podía creer. Es mi auto y yo lo he manejado varios meses. Nunca otro oficial había vuelto a mirarme por segunda vez, mucho menos considerado que el foco quemado de mi placa constituía una amenaza para la seguridad pública.

En ese momento me di cuenta que había sido testigo de primera mano de discriminación por perfil racial. En lo que siempre creí, que las personas son juzgadas por su carácter y los resultados, no sirve más; así como el foco inservible que fue la excusa para que un oficial detuviera el auto que manejaba mi marido únicamente por ser de tez trigueña.

El turno de Lorenzo: Vi las luces intermitentes detrás y supe de qué se trataba. No había infringido ninguna ley. También sabía que esa no era la razón por la que me estaban parando. Todo lo que importaba era que era un hispano que iba conduciendo. Era razón suficiente para el oficial tuviera una excusa para pararme.

En ese momento, al ver las luces intermitentes a través de mi espejo retrovisor, se fueron por la borda los 20 años de participación ciudadana que me ha llevado a ser nombrado a juntas, comisiones y agencias en todo el estado. El oficial no sabría ni vería nada de mi trayectoria. Todo lo que vio, todo lo que importó, era el color de mi piel. Pero, para mí, lo único importante era que mi esposa iba a presenciar la discriminación por perfil racial que he experimentado incontables veces.

Con una sonrisa, bajé el cristal del auto y respondí las preguntas del oficial. Escuchó que hablaba inglés a la perfección, vio a mi esposa de raza blanca en el asiento del copiloto y de inmediato, distrajo el ánimo. Inspeccionó mi licencia rápidamente, nos advirtió que compusiéramos el foco y nos dejó proseguir al poco tiempo.

Rhonda estaba furiosa por lo que acababa de presenciar. Me humillaron. Me he esforzado mucho para superar las expectativas, para alcanzar más logros de lo que dictan el lugar donde vivo o mi origen étnico.

Mi esposa siempre me ha visto trabajar fuerte; sabe de mi ética y mi carácter. En ese instante, Rhonda vio como muchos, dentro de las fuerzas del orden, nuestro sistema político, y la sociedad me ven: como mexicano.

Odio el hecho que todavía exista la discriminación por el perfil racial en Arizona. Detesto incluso mucho más que mi esposa ahora haya experimentado cómo se ve y cómo se siente. Pero a pesar de todo, esta experiencia nos ha unido más. Ha avivado en Rhonda la determinación de luchar conmigo para vivir en una mejor Arizona; para tener un mejor futuro para nuestros hijos.

Cree que sí es posible. Pregúntele y lee dirá que ¡sí se puede!

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