LINKEDINCOMENTARIOSMÁS INFORMACIÓN

Ahora que estamos comenzando un año nuevo — tomando prestado el concepto del colombiano Mario Restrepo —me gustaría hablar de la distinción entre autoestima y "Cristo-estima".

¿Cuál es la diferencia? Pues el contraste es en realidad enorme y entenderlo implica darle un giro de 180 grados a la vida, es decir empezar a vivir desde una perspectiva completamente nueva. Ya que el mundo en que vivimos nos ha contado la siguiente mentira: "que un pensamiento positivo nos puede llevar a donde quiera que queramos ir, que por nuestros propios méritos podemos, y de hecho tenemos hasta el derecho, de obtener todo lo que queramos".

Es esto lo que dicen muchas de las filosofías orientales — ahora tan de moda, el movimiento de la nueva era y otros. Ideas que sobre todo se ven expresadas en la enseñanza de decenas de "motivadores" o "personal coaches" en todo el mundo. Son profesionales de la superación personal, que se hacen multimillonarios a través de sus libros, DVDs, seminarios y conferencias. Todos parecen haber descubierto una verdad escondida, un secreto que cada uno llama de diferente manera; pero que siempre apunta a la superación personal y/o profesional.

Esta superación, dicen "los expertos", está directamente ligada a nuestra autoestima, un pensamiento positivo, el liberarnos de energías negativas, etc. La mayoría de estos gurús del éxito prescriben una receta que incluye un cambio de actitud, un mayor orden en nuestros hábitos diarios, y el trazarse metas constantemente. El no seguir estos pasos -aseguran- significa un fracaso en nuestras vidas, el estancamiento personal o profesional, un desperdicio de nuestras cualidades o potencial.

Aunque a simple vista todas son ideas muy buenas (y en realidad lo serían) el problema es que la mayoría de estas ideas están basadas en el amor propio, y no en el amor a Dios. Jesucristo nos pide que lo amemos a El sobre todas las cosas. Y las cosas o éxitos que obtengamos, los debemos obtener por medio de El, y poniéndolo a El antes, durante, y después de los éxitos. De nada me sirve a mí ser el mejor carpintero o abogado del mundo si no he hecho mi trabajo de manera honesta; si no he utilizado mi trabajo y mi relación con mis clientes para darle gloria a Dios, reflejando en mi vida Su luz.

El engaño de la autoestima nos dice que acumular riquezas por simple amor al éxito es compatible con el amor a Dios.

Dios no nos pide — ni espera —que nos hagamos ricos, famosos, o exitosos. Esto no quiere decir que ser rico, famoso o exitoso sea malo en sí mismo, pero definitivamente puede llegar a ser un gran impedimento para vivir una vida de cara a Dios, porque estas tres cualidades suelen estar muy ligadas a la vanidad.

Si tenemos a Cristo en nuestras vidas ya lo tenemos todo. Todos los demás objetos u éxitos no son más que herramientas para darle gloria a El, y que podemos adquirir —solamente —si Dios quiere. Desde el momento en que la realización personal nos llena de vanidad, ese éxito deja de ser una herramienta para reflejar la gloria de Dios; y nos separa de El.

Cristo no pide que nos realicemos como persona según parámetros dictados por el hombre, Cristo nos pide muy claramente que muramos a nosotros mismos, ósea que matemos nuestra vanidad y lo busquemos solo a El. Todo lo que tenemos o tengamos en la vida es y será un regalo de Dios, no el resultado de nuestros propios meritos. Lo tenemos solo porque Dios quiere, y el día que El quiera nos lo quita. Claro, no solo Dios da, también el diablo. Por eso es posible hacer el mal y ser exitoso. Ese tipo de éxito no hace más que demostrarnos que Dios no juzga nuestro valor como hijos suyos por nuestro éxito, sino por nuestra relación con El, nuestro compromiso con El, demostrado en nuestra forma de vivir.

Se por experiencia propia lo fácil que es caer en la ambición y la vanidad de la superación personal. Por eso es importante mantenernos enfocados en la verdadera razón por la que vinimos al mundo, para darle gloria a Dios, para reflejar en nuestras vidas la luz de Cristo.

De ninguna manera estoy diciendo que debemos ser unos mediocres, holgazanes, o dejar de tener aspiraciones. Al contrario, la receta que nos dan los supuestos expertos del éxito: un cambio de actitud, un mayor orden en nuestros hábitos diarios, y el trazarnos metas, son cosas que agradarían mucho a Dios, si lo pusiéramos a El en el centro de ellas; si se las dedicáramos a El, si lo buscáramos a El como único fin en nuestros planes de éxito; pero no por amor propio.

El problema fundamental con el concepto de superación personal por medio de una elevada autoestima, es que se elimina de la ecuación al factor más importante —decisivo—en el destino de cualquier persona, Jesucristo (continuara)

Cristofer Pereyra es director de la Oficina de Misiones Hispanas de la Diócesis Católica de Phoenix. Enviar comentarios a cpereyra@diocesephoenix.org

LINKEDINCOMENTARIOSMÁS INFORMACIÓN
Read or Share this story: http://www.lavozarizona.com/story/opinion/2015/01/12/columna-cristofer-pereyra/21642335/