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¿Por dónde empezar? La mejor manera de describir a México en el 2014 es una montaña rusa, con altas y bajas pero sabiendo siempre que hay un problema en la máquina y que eventualmente provocaría la caída brutal y violenta del recorrido.

El parteaguas sin duda se remite a la crisis de seguridad y violación de derechos humanos que explotó a mediados del año. ¿De qué se hablaba tato en prensa nacional e internacional antes de lo ocurrido en Tlatlaya, Estado de México o en Iguala, Guerrero? El periodo reformador y la aprobación en tiempo récord de las leyes secundarias de reformas estructurales como la energética o la de telecomunicaciones, predominaban los encabezados nacionales e internacionales. Por supuesto, dentro de este proceso surgieron conflictos entre partidos, empresarios y organizaciones de la sociedad dispuestas a participar en las decisiones políticas del país.

A pesar de los beneficios tan promocionados por el Gobierno Federal y el impulso de una esperanza que hoy ha perdido casi toda su inercia, la percepción del pueblo mexicano sobre el presidente no ha logrado repuntar a cifras positivas. Asimismo, sobra decir que Peña Nieto se ganó la apatía de varios empresarios, entre ellos el más poderoso de México. ¿Dónde estaba la política de seguridad en esos momentos? Seguramente muchos intuyeron que "resolviendo" crisis como la de Michoacán o la creación de una Gendarmería Nacional iban a lustrar la tarea más importante del Estado Mexicano: la protección de la ciudadanía. No fue así…

Las ejecuciones en Tlatlaya y la desaparición y masacre de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa han hecho de México la pesadilla de cualquier presidente; un gobierno vulnerable que en sus tres niveles, ha resguardado lo peor de la naturaleza humana. Ya no existen partidos políticos, sólo pesos y contrapesos, intereses y corrupción, gobierno y pueblo, violencia y más violencia. ¿Dónde queda el interés del gobierno por arreglar la trágica coyuntura? En un decálogo de iniciativas y propuestas provenientes del poder ejecutivo para fortalecer las instituciones encargadas de la seguridad de los ciudadanos y salvaguardar los derechos humanos. ¿Dónde queda el interés del pueblo? Se exterioriza en las marchas, propuestas, críticas e incluso los actos vandálicos (totalmente reprobables) contra el gobierno.

Si a lo ya descrito le sumamos el escándalo de la "Casa Blanca" del presidente que representa un conflicto de intereses con empresas inmobiliarias y el turbio proceso de licitación del tren México-Querétaro, el clima en Los Pinos no es nada favorecedor. Sin embargo, como se mencionó con anterioridad, ningún partido se salva de esta crisis.

Finalmente, ante todo esto la pregunta no es ¿qué nos espera? Sino ¿qué vamos a hacer? Como ciudadanos, estimado lector, la única esperanza recae en el poder de convocatoria, manifestación, crítica y propuestas que deban asfixiar al gobierno hasta que éste nos escuche y nos responda mediante políticas públicas totalmente destinadas a nuestro bienestar. La violencia y la venganza no son la opción, dichos actos sólo nos llevan a un tornado de inseguridad interminable, donde la sociedad y el gobierno juegan ambos papeles: víctima y victimario; mientras que el crimen organizado, el cáncer de este país, se fortalece y aprovecha de semejante ceguera.

Armando Payán es analista en comunicación y política en la Ciudad de México

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