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Dice un dicho muy mexicano que “Genio y figura… hasta la sepultura”, en alusión a las personas que son y viven de una forma particular y jamás cambian y pues nada mejor para endosárselo a Juan Gabriel, quien hizo y deshizo a su antojo, aún después de muerto.

Como sucede con las grandes ídolos, su leyenda apenas comienza y de qué forma, el no verlo muerto, en no cerciorarnos como público y como periodistas si realmente su cuerpo o sus cenizas fue lo que se veló, se enterró, se despidió, levanta todas las suspicacias, aquellas que con el tiempo nos “afirmarán” que no murió, y que “está vivo” y “anda por ahí de incógnito”, o lo quieran decir, como ha ocurrido con Pedro Infante, con Elvis Presley, con Jenni Rivera y muchos más.

Luego que la noticia de su muerte se esparció, el pesar en México, de la gente en general, de casi cualquier edad, profesión o estrato social, seguidores o no de su música, era de mucho pesar. Vimos señoras, señores, jóvenes y hasta niños llorando al conocer la noticia, al ver los programas de televisión, ante su estatua en Garibaldi, mostrando sus fotos, sus discos, los primeros, los últimos.

Nos enterneció ver a familias enteras pernoctar a las puertas de Bellas Artes para asegurar un lugar en su velorio, no importaba si sucedería o no, ellos ya estaban en primera fila. Vimos a mucha gente en Garibaldi, aguantar la lluvia con tal de cantarle a una estatua que lo simboliza. Los vimos rezando el Rosario y prenderle una veladora para que su camino al cielo tuviera mucha luz.

Vimos amor, mucho amor por él, por su ídolo, a ese al que todo se le aplaude y nada se reclama.

Le dieron, con mucho amor y entrega (lo mismo que le dieron como artista), un velorio simbólico, un adiós del corazón, un adiós humilde, verdadero, sin hipocresías, y eso quizá no lo aprecia ni lo entiende su familia, que quiso, con todo derecho, definir su despedida o quizá eso fue lo que él decidió. No lo sabremos nunca, a menos que luego nos sorprendan con un video donde refiera su último deseo.

Quizá, ciertamente, como le gustaban los reconocimientos en vida, no quería circos en su funeral, aunque nos consta que era un hombre que respetaba y apreciaba profundamente su trabajo y a su público y no hubiera querido causarles más dolor.

“No estoy en contra de los homenajes, aunque yo prefiero los reconocimientos y creo que a cualquiera le gusta que le reconozcan su trabajo. El reconocimiento que más me gusta y más aprecio, es el que me hace la gente cuando salgo a la calle, me dan sus bendiciones y dicen que Dios quiere que me vaya bien y me que me cuide mucho”, escribió en su biografía en la SACM, la Sociedad de Autores y Compositores, donde afirman él es el autor mexicano que más regalías generó en los últimos 30 años.

Finalmente con lo que se queda el público, es con lo que él precisamente quería: con su música, con la que él quería trascender, seguir vivo eternamente.

“La vida nos da la oportunidad de superarnos, y si llegamos a ser grandes, entonces nunca moriremos. Entre los casos más hermosos están: Beethoven, Mozart, Bach; todos aquellos esos maravillosos compositores que dejaron de respirar, de ver, de oír, de oler; pero que hasta la fecha, siguen vivos. Al igual que los compositores mexicanos: Agustín Lara, Gonzalo Curiel, José Alfredo Jiménez y también los cantantes Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís y tantos otros artistas que han dejado huella; y que nunca morirán, porque aprovecharon las oportunidades que la vida les dio, y que la gente los llenó de vibraciones, amor, energía; y por eso, siguen con nosotros. En cambio, hay gente que anda por ahí, y solamente estorba, porque no les gusta trabajar, ni estudiar. Toda esa gente que es negativa, está muerta... es como sí no hubiese nacido”.

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