MICANOPY, Florida, EE.UU. - Los mexicanos tienen un nombre para eso. Le dicen "ojo". Y apuntan hacia el medio de la frente. Aluden a un sexto sentido que le permite a alguien detectar irregularidades de una mirada.
El agente de la Patrulla de Fronteras Steve McDonald tiene ojo. Lo ha perfeccionado durante 27 años, según dice. Los agentes más jóvenes mueven sus ojos hacia arriba, casi burlonamente, al escucharlo.
Tiene 53 años y le faltan cuatro para llegar a la edad de una jubilación obligatoria. Los jóvenes piensan que ya no es el de antes. Cuando McDonald persiguió a un mexicano si papeles hace poco, otro mexicano los pasó a los dos. Sigue persiguiendo coyotes, pero cuando los atrapa, está demasiado cansado como para pelear.
Su puesto de vigilancia se encuentra en el centro de la carretera interestatal 75, apenas al norte de la salida a la Florida Turnpike. Lo único que se ve por allí son carteles "We Bare All" (Lo mostramos todo) del Café Risqué de Micanopy.
Espera en el mullido asiento de un Crown Victoria negro, con el motor encendido. El único sonido que se escucha es el de la radio de la policía. Observa el tráfico que va hacia el sur a 120 kilómetros (75 millas) por hora. Busca coyotes que transportan indocumentados. Tiene dos segundos para ver un auto o camioneta, analizar la expresión de la cara del conductor y observar el color de las placas.
El agente busca placas de Arizona o Texas, y rostros que estén paralizados por el miedo.
Da la impresión de que estuviese perdiendo el tiempo. El tráfico se mueve de a olas. Las placas desaparecen en un momento. En cuanto a las caras de miedo, ¿qué conductor no se asustaría al ver un Crown Vic negro en el medio de la carretera y se preguntaría si ir a 75 millas por hora justifica una multa?
McDonald jura que sabe distinguir.
Espera y observa. Hacia las nueve de la mañana, luego de tres horas apostado, aparece una camioneta blanca. Tiene ventanas polarizadas y un registro temporal de Texas. McDonald se coloca detrás. Nota que el registro venció la semana previa. Busca el número en su computadora. No encuentra nada. Se para a un costado, mirando al conductor, quien le devuelve la mirada y parece indiferente.
McDonald pasa la camioneta, reduce la velocidad y la camioneta lo pasa de nuevo. Cambian posiciones varias veces a lo largo de algunos kilómetros. El agente decide que no se trata de coyotes. Es probablemente un individuo que lleva niños en el asiento trasero y se dirige a Disney World.
Da la vuelta y regresa a su puesto en la carretera.
Él simplemente sabe si alguien está violando las leyes o no.
Las leyes estipulan que debe haber "sospechas razonables" para detener a alguien.
No sabe mucho de la ley de Arizona que faculta a la policía local a detener a personas bajo sospecha de que están en el país ilegalmente. Un juez dejó en suspenso partes de esa legislación.
Muchos en la Florida envidian la ley de Arizona para combatir los indocumentados. McDonald cree que agentes que no están entrenados no van a aportar demasiado si no arrestan a personas inocentes.
McDonald no para a nadie en todo el día. Pero asegura que no dejó pasar un solo coyote.
Sencillamente, no pasó ninguno por allí.
Nueve horas después de haber iniciado su turno, se encamina de regreso a su oficina en Tampa. Se siente frustrado por no haber pillado a nadie. Avanza por el carril derecho, lentamente, dejando que lo pasen.
Aparece un Altima. El conductor mira a McDonald y se pone tenso. McDonald lo mira. Los ojos del individuo se ensanchan. Desacelera y se pasa al carril de la derecha. Está delante de McDonald. Tiene vidrios polarizados y placas de Texas.
Sin decir una palabra, McDonald empieza a teclear en su computadora. Pone el número de la placa. Aparece una dirección en Houston. Houston es un centro de tránsito de indocumentados recién llegados. Investiga la dirección y comprueba que allí hubo tres incidentes que involucraron indocumentados en meses recientes.
Llama por radio a un par de agentes que están a unos 16 kilómetros (10 millas), pidiendo refuerzos. Enciende las luces de su Crown Vic y el Altima se detiene.
Al volante está Iván Cruzmartínez, un mexicano de 30 años. No habla inglés y tiene una licencia de conducir internacional falsa.
Baja del auto y McDonald de inmediato lo esposa por su tamaño. Mide apenas 1,65 metros (cinco pies y seis pulgadas), pero es musculoso y pesa 96 kilos (212 libras). No trata de escaparse. Admite de inmediato que es indocumentado, lo mismo que sus pasajeros.
El agente saca otras cuatro personas del vehículo. Todos hablan español y andan por los 20 años. Parecen menores. Nadie está armado. Todos lucen asombrados. No quieren pelear.
Dicen que le dieron 200 dólares cada uno a Cruzmartinez para que los llevase a Sarasota, donde iban a trabajar en jardines.
Les ata las manos y les dice que se sienten en el césped.
Los otros agentes finalmente llegan al lugar. El Altima había pasado por donde estaban ellos, sin que notasen nada raro.
"La experiencia sirve de algo", bromea McDonald. "Díganme viejo si quieren".
Los agentes más jóvenes mueven sus ojos hacia arriba.
___
Información del St. Petersburg Times, http://tampabay.com