La semana pasada preguntamos ¿Por qué los republicanos desdeñan y hasta ofenden a los latinos si saben que por lo menos en las últimas seis elecciones presidenciales el voto latino ha definido el rumbo?
Ofrecimos responder hoy pero, dicho con absoluta franqueza, no lo podemos hacer. Nadie lo ha podido hacer.
Mitt Romney, que hasta hace dos o tres semanas caminaba con bastante tranquilidad rumbo a su nominación como candidato, ha dicho frases lapidarias en contra de los indocumentados sin importarle que éstos tienen el apoyo, para dejar de serlo, de poderosos grupos hispanos y no hispanos.
Newt Gingrich, que ya le dio alcance a Romney, coquetea con los hispanos pagando publicidad en español y formando un grupo llamado "Hispanos por Gingrich", pero sus opiniones en cuanto a la inmigración no difieren mucho de las de Romney y los otros dos candidatos. Gingrich hasta se atrevió a decir que hay dos políticos hispanos que podrían hacer fórmula con él en busca de la vicepresidencia. Pero son dos hispanos que no gozan de la simpatía por sus posiciones extremas y antiinmigrantes: el senador de origen cubano Marco Rubio y la gobernadora de Nuevo México, la mexicoamericana Susana Martínez que está terca en quitar las licencias de manejar a los indocumentados. Si Gingrich creyó que al decir eso todos los hispanos se iban a poner de su parte, se equivocó. Resultó lo contrario.
Todos ellos, y en general aquellos que tienen una posición republicana extrema alegan que a quienes entraron al país de manera ilegal no se les debe recompensar por ello. Que jamás aceptarían una amnistía, un programa de legalización, un "Dream Act"... nada que suene a "premio" por haber roto las leyes.
Al mismo tiempo se apresuran a decir que no tienen nada en contra de los hispanos, que reconocen su talento, sus méritos. Y se hacen como que creen que con esas palabras ya aseguraron el apoyo hispano.
Pocas veces -ni siquiera en las elecciones pasadas cuando John McCain cambió de medio liberal a feroz extremista antiinmigrante- se había visto una posición republicana tan distante de nosotros.
Pero si no podemos darles la respuesta prometida, sí podemos asegurarles algo sin temor a equivocarnos: el más contento con todo esto es alguien que se llama Barack Obama.
Luis Manuel Ortiz
Director Editorial
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