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A la escuela, con la ansiedad de la SB1070

Phoenix, Arizona

"Simplemente tienes que superarlo".

Hay un asiento vacío junto a Gustavo en el aula. Juan se habría sentado allí. Habrían almorzado juntos y jugado a la pelota en el recreo.

Juan era un niño inteligente. En primer grado, descubrió que las letras hacen sonidos y que juntos esos sonidos forman palabras. El niño de siete años apretaba las manos con alegría cuando reconocía palabras en los tableros de anuncios del aula.

Para cuando cumplió los 10 años, Juan ya leía tres libros a la vez. Llevaba en su mochila una copia de "The Littles" (de John Peterson) y "Burning of the Big Top" (de Margaret Scariano) y "Werewolves Don't Go to Summer Camp" (de Debbie Dadey y Marcia Thornton Jones).

"Aprendo mucho de la lectura", solía decir. Y planeaba continuar leyendo hasta llegar a la universidad. Ahora ya no está.

"Simplemente tienes que superarlo o vas a volverte loco", dice la maestra Jill Browne, que tuvo a Juan en su clase de segundo grado. "Sólo cruza los dedos y desea que haya terminado en una buena escuela en un vecindario mejor. Que otro maestro tenga la suerte de tenerlos".

Gustavo, Juan y 25 de sus compañeros de Creighton fueron noticia a comienzos de 2004 cuando el periódico The Arizona Republic hizo una crónica sobre sus esfuerzos para aprender a leer. Durante tres años, los lectores siguieron sus intentos por pronunciar palabras, donaron libros y artículos de librería y leyeron sobre sus excursiones escolares a lugares como Schnepf Farms en Queen Creek, donde vieron calabazas y tractores verdaderos por primera vez.

Ahora algunos de esos niños están diseminados por el país y los que quedaron están nerviosos.

"A veces pensamos en nuestras familias y nuestros amigos, algunos son documentados, algunos no, y nos preocupamos por ellos", afirma Ruth Salgado de 11 años. "Los queremos a todos, no queremos que se marchen".

Los maestros, y especialmente los administradores, no deben hablar de política, al menos no en público y nunca en la escuela. Así que Agneessens simplemente niega con la cabeza cuando los niños hablan de que extrañan a sus amigos.

"Sé que así es", les dice. "Yo también los extraño".

Christian Barrera de doce años dice que algunos niños tienen miedo de ir a la escuela porque temen que al regresar a casa sus padres hayan desaparecido.

"No fue justo para los niños que tuvieron que marcharse", expresa Carlos Viveros de 12 años. "Me pone triste".

Uno de los mejores amigos de Carlos, Oscar Medina, se mudó en el verano. Su padre no tenía trabajo y la ley SB-1070 hacía que fuera demasiado riesgoso que continuara buscando.

"Pasábamos mucho tiempo juntos. Oscar era un buen niño", afirma Carlos.

A estos niños les parece muy injusto. Carlos dice que muchos de los niños que ya no están eran de buenas familias. Sus madres ayudaban en el aula y los acompañaban en las excursiones escolares. Sus padres trabajaban en la construcción, en lavaderos de automóviles, como mecánicos y en depósitos.

Los estudiantes se preguntan qué sucederá luego. Saben sobre las propuestas para quitarles la ciudadanía a los niños nacidos en Estados Unidos si sus padres son inmigrantes indocumentados.

Los niños desearían que los adultos -los políticos- solucionaran el problema de la inmigración de otra manera.

"Están separando a muchas familias e hiriendo a la gente", manifiesta Christian.

"Desearía que abrieran los ojos para ver lo que está sucediendo con las familias", expresa Gustavo.

El impacto financiero

El impacto financiero de la dramática disminución en las inscripciones en Creighton se notará dentro de un año, cuando Agneessens reciba su presupuesto basado en los números de este año. Menos dinero significará que contará con menos maestros y menos programas el año próximo.

Pero el efecto de la campaña del estado contra la inmigración afecta estas aulas desde hace años. En los días en los que el sheriff del condado de Maricopa Joe Arpaio realiza sus redadas por la ciudad, buscando a inmigrantes indocumentados en sus trabajos, los niños llegan a la oficina llorando y piden usar el teléfono para saber dónde están sus padres.

El año escolar pasado, Wendy James, la asistente social de la escuela, comenzó un grupo de apoyo para niños cuyos padres habían sido deportados y niños que estaban angustiados por esa posibilidad.

Simplemente no comprenden. "¿Por qué son el blanco?" preguntan. "¿Es sólo porque tenemos la piel morena?", dice James. "Es muy triste estar angustiado por eso todo el tiempo".

El 23 de abril, cuando la gobernadora Jan Brewer aprobó la ley SB1070, la noticia se expandió rápidamente por la escuela, de aula en aula, y acalló hasta a los estudiantes más pequeños. Las niñas de la escuela media rompieron en llanto.

En la clase de Cindy Gil de cuarto grado, una niña se puso a llorar y el resto la siguió. Incluso lloraron los varones quienes, a su edad, harían todo lo posible para evitar llorar delante de sus amigos.

"Estaban tan preocupados. Pensaban que los oficiales vendrían a buscarlos y que nunca más volverían a ver a sus padres", expone Gil. "Como maestra, lo único que podía decirles era que yo jamás permitiría que eso sucediera".

La directora Agneessens también fue de aula en aula ese día de abril, explicando a los niños que estaban seguros en la escuela. Según el fallo de la Suprema Corte de 1982, Plyler vs. Doe, las escuelas no les preguntan a los niños sobre su estado de inmigración y no pueden negarles educación. Y no sería práctico, ni prudente, para los oficiales de la ley aplicar las leyes de inmigración en las escuelas primarias.

Igualmente, los niños continúan preocupándose por la posibilidad de que cuando la campana suene al final del día, sus madres no estén en la puerta para recogerlos o que lleguen a casa y la encuentren vacía.

"Es desgarrador", dice Agneessens.

Les dijo a los estudiantes que necesitaban un plan –esas listas de números telefónicos en la mochila- en caso de que algo salga mal. Ella espera que nadie necesite usarlas.

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