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María Elena Dice

Las victimas del Fuerte Hood

Es imposible saber lo que pasa por la mente de una persona cuando decide acabar con la vida de otro ser humano. Es el tipo de cosas que se llevan hasta la tumba. Pero las consecuencias de ese inexplicable instante de crueldad llegan lejos. No sólo se termina con una vida, sino que se destruye a una familia, se devasta a una comunidad y a veces, se conmociona a un país entero. Y eso es exactamente lo que sucedió en Fort Hood, Texas, el pasado 5 de noviembre.

La soldado Francheska Vélez pensó que regresaba a la seguridad después de haber prestado servicios en Irak, donde manejó tanques de combustible y desarmó bombas. Vélez se inscribió en el ejército después de graduarse de escuela secundaria en el 2006 porque, según sus familiares, quería viajar, obtener un título, y ser alguien en la vida. Tenía pensado hacer carrera en el ejército. Se le permitió regresar a su casa en Chicago en diciembre, pero consiguió pronto una transferencia para la base militar de Fort Hood tras quedar embarazada.

A los 21 años de edad, se sentía emocionada porque iba a ser madre, y su padre, Juan Vélez, un inmigrante colombiano, esperaba ser un abuelito. Pero en aquella tarde mortal en Fort Hood, sus sueños fueron quebrantados, sus planes futuros se truncaron. La joven fue asesinada a tiros, no por un combatiente enemigo, sino por alguien cuyo trabajo era ayudar a curar las cicatrices emocionales y sicológicas de sus compañeros soldados.

Es irónico. El padre de Francheska llegó a este país procedente de uno que ha sido destrozado durante décadas por una sangrienta guerra civil. Después de salir de Colombia él se estableció con su familia en Chicago y se ha mantenido agradecido por las oportunidades que ha tenido en este país. "Mi hija se unió al ejército porque es algo que yo también quise hacer", dijo. "Ella vivía mi sueño. Deseé tanto devolverle a este país". Para Vélez es difícil comprender cómo después de sobrevivir en Irak, enfrentando a verdaderos terroristas, su única hija perdería la vida a manos de uno de sus colegas.

El mayor Libardo Caraveo también había visto su buena dosis de violencia en su país de origen. Vino a Estados Unidos siendo un adolescente, procedente de una de las ciudades más peligrosas en este hemisferio: Ciudad Juárez, México. Hablaba poco inglés cuando cruzó la frontera con su familia hacia Texas pero eso nunca lo detuvo. Logró no sólo graduarse de la escuela secundaria con honores, sino que también obtuvo una maestría y un doctorado en psicología de la Universidad de Arizona.

Caraveo vivía el llamado sueño americano. Su carrera fue desde trabajar en casos de niños con necesidades especiales en el Servicio de Protección para Niños de Tucson, hasta consejero de presos en la Oficina Federal de Prisiones. Después de mudarse a Virginia se unió a la Guardia Nacional, llegando a ser oficial del Cuerpo de Servicio Médico. Pasó un año en la Bahía de Guantánamo ayudando en el tratamiento a soldados con problemas de estrés.

El mayor Caraveo estuvo a punto de ser enviado a Afganistán para ayudar a los soldados a hacer frente a sus problemas de estrés. Había llegado a Fort Hood exactamente 24 horas antes del ataque mortal que también acabó con su vida. Sus esfuerzos de toda la vida para aprender y crecer y ayudar a otros fueron quebrantados en un momento de rabia. Caraveo deja a su esposa, dos hijos y dos hijastras, a sus hermanos y hermanas y una comunidad que recuerda su risa contagiosa y su buen espíritu.

Nidal Malik Hasan, el psiquiatra del ejército que protagonizó la balacera mortal el pasado 5 de noviembre en Fort Hood, hizo más daño del que él imaginó. La causa de sus acciones mortales serán tema de debate durante años y él pagará seguramente por el crimen. Pero al final él fue uno de los afortunados, tuvo otra oportunidad en la vida, habiendo sobrevivido el violento episodio. Pero las 13 víctimas de su ataque y un niño sin nacer, nunca la tendrán.

María Elena Salinas. Conductora del Noticiero Univisión.

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